La buena noticia
¿Quién está ahogando la semilla?
La parábola del sembrador no sólo habla del corazón humano; también desenmascara las estructuras que sofocan la vida y el Reino de Dios.
¿Por qué, si el Evangelio lleva más de dos mil años anunciándose, nuestro mundo sigue marcado por la violencia, la corrupción, el empobrecimiento y la desigualdad? Jesús responde a esta inquietud con la parábola del sembrador (Mt 13,1-23), ofreciendo una radiografía del corazón humano, la sociedad y la historia.
La gran esperanza del Evangelio es que Dios nunca deja de sembrar.
Sorprende que el protagonista sea el sembrador. Dios nunca deja de sembrar su Palabra. Sale una y otra vez, incluso donde todo parece perdido. El problema no está en la semilla, cuya fuerza permanece intacta, sino en el terreno que encuentra.
El primer terreno es el camino endurecido. No representa solo a quien perdió la fe, sino a una sociedad que dejó de compadecerse. Cuando la corrupción deja de escandalizar, el hambre infantil no provoca indignación, los asesinatos se convierten en simples estadísticas, los migrantes son tratados como cifras y la mentira sustituye a la verdad, el corazón colectivo termina endureciéndose.
Pero ese endurecimiento no surge por casualidad. Hay intereses de los poderosos que se consolidan para conservar sus privilegios. Cuando la impunidad se vuelve costumbre, cuando las instituciones dejan de servir al bien común y terminan protegiendo negocios oscuros, cuando el miedo silencia a las víctimas y desmoviliza a la ciudadanía, la tierra se vuelve incapaz de recibir la semilla del Reino.
El segundo terreno es el pedregal. La semilla brota con rapidez, pero carece de raíces. También la fe corre ese riesgo. Podemos llenar templos, organizar grandes celebraciones religiosas y multiplicar actividades pastorales sin permitir que el Evangelio transforme nuestra manera de ejercer el poder, administrar la justicia, hacer política, cuidar la creación o relacionarnos con los más vulnerables. Sin raíces profundas, toda experiencia religiosa termina secándose cuando llegan las dificultades.
El tercer terreno es quizá el más inquietante. Jesús habla de las espinas que ahogan la planta. No destruyen la semilla; simplemente la sofocan hasta volverla estéril. En Guatemala, esas espinas tienen nombres concretos: la idolatría del dinero, corrupción convertida en sistema, narcotráfico que compra voluntades, racismo que continúa excluyendo a los pueblos indígenas, destrucción ambiental alentada por resoluciones de la CC, la manipulación de la verdad por las grandes corporaciones mediáticas, la criminalización de quienes defienden la justicia y la creciente indiferencia frente al sufrimiento de los pobres.
Las espinas no nacen solas. Son resultado de decisiones humanas y de estructuras que privilegian el lucro sobre la dignidad, el poder sobre el servicio y los intereses particulares sobre el bien común. Allí donde esas espinas crecen, también se sofocan la confianza, la solidaridad y la esperanza.
La parábola, sin embargo, no termina en el fracaso. Jesús habla de la tierra buena. Ella existe allí donde hombres y mujeres viven con honradez, donde jueces y servidores públicos resisten las presiones de los poderosos, donde maestros siguen formando conciencias, donde comunidades cuidan la creación y donde jóvenes eligen el servicio antes que la violencia. Allí la Palabra produce frutos de justicia, reconciliación y paz.
Guatemala necesita profundas reformas políticas, económicas y judiciales. Pero necesita también una conversión ética, cultural y espiritual que devuelva fertilidad a su conciencia colectiva. Ninguna reforma será suficiente mientras permanezcan intactas las espinas que siguen sofocando la vida.
La parábola del sembrador nos plantea una pregunta incómoda. No basta con interrogarnos si somos buena tierra. Debemos preguntarnos quién sigue sembrando espinas, quién obtiene beneficios de ellas y qué responsabilidad tenemos quienes, por miedo, indiferencia o resignación, permitimos que continúen creciendo.
La gran esperanza del Evangelio es que Dios nunca deja de sembrar, nos recuerda que nadie puede esperar una cosecha de justicia mientras tolere aquello que impide crecer a la vida. No basta admirar al sembrador. Es la hora de arrancar las espinas para que el Reino de Dios florezca en Guatemala.