Catalejo

Se deben castigar delitos y crímenes vía redes sociales

Mario Antonio Sandoval

Hace algunos días tuve el desagrado de ver dos acciones delincuenciales por vía de las redes sociales. Un joven panameño de unos 15 años falleció a causa de los golpes en el cráneo cuando otros dos lo hicieron saltar y cuando estaba con los pies en el aire se los jalaron para hacerlo perder el equilibrio y caer al suelo. La lesión cerebral sufrida le provocó la muerte un par de días después. En el otro caso, una jovenzuela tomaba un suéter y, a espaldas de su víctima, lo pasó por delante y lo jalaba para provocar una caída similar, con el riesgo de que se golpeara la cara contra el suelo. Quienes filmaron todo son cómplices, al igual de los estudiantes observadores, porque no solo se rieron de forma irracional sino no hicieron nada para evitarlo.

A mi criterio, estas estupideces deben ser detenidas por medio de severas sanciones. No son infantes sino adolescentes y entonces tienen plena capacidad de analizar sus acciones. Es inaceptable considerarlas travesuras: son delitos o crímenes en potencia porque los resultados pueden ser mortales, como se comprobó, o causar severos e irreversibles daños. Son casos claros de imprudencia criminal, como lo son conducir ebrio a gran velocidad, disparar al aire un arma de fuego, y demás. Al tratarse de menores de edad pero ya jóvenes y por ello con un esperable nivel de inteligencia emocional, debe haber un castigo.

Recuerdo, hace muchos años, la responsabilidad legal de los padres o encargados de un joven entre 16 y 18 años cuando lograban, con el permiso paterno, obtener una licencia de manejar. Algo similar debe realizarse en este caso. Y pronto.

Los fines de esas medidas disciplinarias deben ser disuadir a los adolescentes de actuar en forma irresponsable. Además de las responsabilidades legales a los padres, debe haber otras como la expulsión de los colegios, porque su prestigio se ve mermado ante esas faltas de disciplina. El año pasado hubo un par de casos de muchachos disciplinados por la tenencia de armas de fuego en los establecimientos educativos.

Estos casos mencionados no caben en la fatalidad porque son acciones planificadas, y por eso de hecho hay premeditación y alevosía, ambas situaciones consideradas agravantes en la comisión de delitos convertidos en crímenes a causa de la irresponsabilidad y de la escasa madurez. Son tragedias tanto para los padres de las víctimas como de los hechores.

El tema de la responsabilidad ante hechos criminales cometidos por menores de edad es cada vez más difícil, porque requiere cambios a las leyes. En los asesinatos cometidos por sicarios, ya no sorprende la participación de jovenzuelos, pero también de niños de corta edad, por ejemplo, 10 o 12 años. Son víctimas, eso sí, de una sociedad cada vez más complaciente con la violencia, a lo cual por desgracia se agrega en Guatemala la corrupción y el temor de actuar de las autoridades policiales como del sistema de justicia. Por eso son problemas de raíces muy profundas y requieren de cambios variados, en una mezcla de esfuerzos por eliminar las causas. Esto es parte de un problema mucho más complejo pero se debe comenzar con pasos simples y efectivos.

Las redes sociales no escapan de la necesidad de convencer a los usuarios para no reenviar cualquier mensaje recibido de personas amigas, pero es imposible identificar quiénes las enviaron. Los delitos y crímenes inspirados por material lanzado por las redes sociales, al ser comprobado quién lo hizo o reenvió, deben hacerlo responsable. Es muy difícil, pero solo se necesita el castigo del primer culpable para dar una lección e iniciar el retroceso del alcance de estos mensajes tendientes a la criminalidad, pero también mentirosos y causantes de la muerte moral de sus víctimas, imposibilitadas de defenderse a causa de la impunidad otorgada por el anonimato. La idea inicial de esas redes era la comunicación limpia de personas cercanas. Debe lucharse por recuperarlo.