Por la libertad

Siguen los robos de bicicletas

El robo de bicicletas sigue incrementándose. Como a mí me apasiona este bello deporte, me siento muy afectado por cada caso. No es que no me sienta indignado por robos de celulares y cualquier otra pertenencia de los guatemaltecos, pero todo lo que hagamos por detener los robos de bicicletas aplica también a los demás.

Hace unas semanas el robo ocurrió por donde suelo hacer un recorrido con mis amigos, Las Mandarinas, entre Fraijanes y Lo de Diéguez. Los propietarios encontraron luego las bicicletas robadas en una casa de empeño. Me pregunto si la casa de empeño se aseguraría de verificar que la bicicleta robada tuviera su factura de origen y supiera la procedencia? Parte del problema de los robos es que la gente puede vender fácilmente lo robado. ¿Por qué? Porque hay quienes lo compran. Y porque hay quienes no verifican la procedencia de lo comprado. Si queremos que paren los robos de bicicletas, no compremos cosas robadas o cuyo origen es cuestionable.

El domingo pasado, en la Novena Travesía de Los Colgantes (puentes), en El Palmar, Quetzaltenango, un amigo con los que salgo fue asaltado en pleno evento. Le interceptaron el paso, en un bosque cerca de El Palmar, tres tipos cubriéndose las caras con sus propias camisas y armados de machetes. Eran adolescentes y estaban completamente drogados y por ello, eléctricos. Mi amigo trató de dar la vuelta y le aparecieron dos más por atrás, esta vez uno con una pistola hechiza y el otro con una pistola que parecía de juguete, pero mi amigo no quiso arriesgarse. Le robaron su celular, la bicicleta y lo que llevaba en los bolsillos. No contentos con esto le comenzaron a pegar y a patear estando él en el suelo, de rodillas. En un momento en que trató de pararse le dieron un machetazo con la parte plana del machete. Estaba muy asustado. De pronto, estos jóvenes delincuentes vieron a otros dos ciclistas asomarse y los primeros tres decidieron ir tras ellos. Al percatarse de esa acción, los ciclistas dieron la vuelta y el que tenía el arma hechiza les disparó, aunque no le dio a ninguno. En ese momento mi amigo se escapó, corriendo lo más rápido que pudo, hacia el bosque. Corrió como un kilómetro y medio hasta que encontró una patrulla de la Policía.

Regresaron al lugar y entre todo el relajo los jóvenes se asustaron y dejaron tiradas las bicicletas robadas. Mi amigo vio por lo menos tres bicicletas entre las cuales estaba la suya. Entre rumores y nerviosismo, otros ciclistas decían que habían sido ocho, pero esto no se pudo comprobar. Mi amigo, con otro que también participó, regresaron a Guatemala sanos, aunque muy asustados.

Lo que más le impresionó a mi amigo fue el odio de estos jóvenes. Él estaba seguro de que estaban drogados, pero luego que les dio sus pertenencias no tenían por qué estarle pegando, insultando y lastimando. Él les vio un resentimiento muy fuerte, ellos eran pobres y el rico, por tener bicicleta. Nunca se cuestionaron lo mucho que uno trabaja para ahorrar y conseguir una bicicleta. Y nunca se cuestionaron que uno, con el fruto de su propio trabajo, decide en qué invertirlo y gastarlo.

Él reconoció quiénes eran ante unas fotos que la Policía le enseñó. Y la Policía le dijo que no podían hacer nada porque eran menores de 18 años. ¡Qué frustración! Pero así son nuestras leyes. No es de ahora, sino de hace muchos años, y cada vez se pone peor, con la cantaleta de los “derechos humanos” mal entendidos. Esto ocurre todos los días en diferentes lugares, y por eso no terminamos de erradicar la violencia en el país. Debemos reconstruir nuestro sistema de Justicia si queremos vivir en una mejor y más segura Guatemala.