Mirador

¿Triángulo norte o cuadrilátero fracasado?

Pedro Trujillowww.miradorprensa.blogspot.com

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Hablar reiteradamente del triángulo norte aumenta el riesgo de olvidar a Nicaragua. En Centroamérica lo que hay es un cuadrilátero fracasado; un conjunto de países que no han sabido despegar por distintas razones, y que tienen debilidades comunes muy marcadas como son la falta del estado de Derecho y la corrupción.

A

pesar de que algunos aprovechan interesadamente para unificar críticas, cada país tiene sus peculiaridades y diferencias. La toma de poder por FSLN fue un fracaso anunciado, excepto para los románticos de las revoluciones que no aceptan lo que la historia muestra con suficientes ejemplos. Quisieron acabar con el autoritarismo, organizaron su guerra e instauraron una dictadura. En Honduras, se han venido repartiendo el poder dos grupos políticos que, a la larga, no han sabido más que negociar con el narcotráfico y el crimen organizado o acercarse a la órbita de la revolución chavista. Formas de delincuencia envueltas por intereses contrarios pero que terminan afectando igual de negativamente al país. La actual situación, mas cercana al narcotráfico que a aquel zelayismo chavista de pijama y madrugada, dibuja un preocupante horizonte. El Salvador, por su parte, ha pasado de una a otra mano, y ni izquierda ni derecha hicieron algo diferente a lo que se podría haber esperado si hubieran tomado las cosas en serio. Al final ocurrió lo que también la historia muestra: una sociedad cansada de partidos tradicionales busca la “salvación” y termina atrapada en manos de un populista. Y si en el siglo pasado hubo suficientes ejemplos de los que pudimos haber aprendido, el XXI trajo el chavismo, el kistnerismo, el evomoralismo, el trumpismo o el correísmo. En lo que respecta a este submundo chapín —porque no nos escapamos— nos asaltó el narcotráfico y el crimen organizado que son quienes mayormente financian la política y proyectan sus decisiones desde los órganos pertinentes por medio de un grupo de honorables delincuentes que materializan tales propósitos.

Los USA, más perdidos en sus asuntos internos que cuidando el patio trasero, olvidaron preservar la doctrina Monroe —aquella de “América para los americanos”— y se distrajeron entre Medio Oriente y discusiones sobre si Trump o Biden están peor para gobernar. Dejaron el espacio geopolítico en manos de un caracol chino que, sin problemas internos —porque la dictadura los resuelve— se ha dedicado a colocar peones en la zona. China, a la velocidad propia de los asiáticos, ha ido ocupando espacios en América por medio de acuerdos, pactos o cuantiosas inversiones, como han sido los casos en Panamá, Costa Rica, Nicaragua y El Salvador, además de presión —política y económica— para que hicieran lo propio Honduras y Guatemala. Algunos aluden a la “diplomacia de la chequera” para justificar que esos dos países centroamericanos aún sigan pegados a Taiwán, pero basta con sumar la ayuda y las inversiones chinas en aquellos otros países de la región para detectar quién usa realmente esa forma de diplomacia.

Los norteamericanos llegan tarde al posicionamiento geoeconómico chino y, de pronto, se ven sorprendidos por la mutación asiática del tradicional enemigo ruso. El Salvador, el pulgarcito de Centroamérica, les enseña los dientes porque tiene detrás a su Manziger Z cantonés, mientras en Washington pierden el tiempo en discutir si Biden sobrevivirá a un segundo período o cómo las propuestas progresistas de Harris le comen el mandado. En todo caso, y esto es lo más importante, la oportunidad geopolítica está ahí, lo que no tengo claro es que la vean quienes están orientados a focalizarse en cómo se quedan con su parte del pastel.