Catalejo

Un inaceptable mensaje del Colegio de Abogados

Mario Antonio Sandoval

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El fracaso de los países es un claro resultado de la falla de sus instituciones, sobre todo del andamiaje legal. Este fenómeno se deriva de acciones inexplicables si no se agrega un elemento de corrupción, cuyos efectos abarcan la totalidad de la vida nacional. Se trata de un proceso muchas veces lento, en el cual contribuyen numerosos elementos, muchos de ellos inadvertidos pero que llegan a ser evidentes cuando se miden en un lapso no inmediato. Uno de esos ejemplos es el resultado de la elección en el Colegio de Abogados para escoger a un suplente por muy pocos meses de trabajo, no de un período completo.

Esa entidad gremial desde hace años es un lugar fantasmal donde se esconden personajes oscuros. A los dos finalistas no se les debería haber permitido participar, al no llenar el requisito de ser idóneos (adecuados y apropiados para algo). Mynor Moto y Estuardo Gálvez tienen en su haber razones suficientes para ser descalificados. El primero, por sus fallos absurdos, solo explicables por razones numismáticas; el segundo, por estar señalado de malos manejos cuando fue rector sancarlista. Es evidente lo absurdo de tenerlos disputando un puesto en la Corte de Constitucionalidad.

La respuesta del funcionario estadounidense Michael Kozak es una advertencia: malos augurios para corruptos y sus adláteres. Desde afuera, la Justicia no existe en el país y por eso no hay inversión legal extranjera y se refunden en las cárceles quienes no pueden comprar un juicio recto. Estados Unidos no acepta esa corrupción y lo dijo muy a las claras. Cuando la corrupción afecta sus estadounidenses, las cosas cambian y por lo general lo hacen rápidamente. Sin duda, Washington no quiere más sospechosas liberaciones de personas condenadas o a punto de serlo.

 

Casi inevitable fractura
del Partido Republicano

Aún no se sabe el resultado final de ayer en Georgia, donde los demócratas se juegan el control del Senado y del Congreso. Si pierden, habrá una mayoría republicana con el evidente propósito de torpedear toda acción propuesta por Joe Biden. Hasta cierto punto –creo– no importa para los republicanos, cuya fractura o división profunda en dos grupos es innegable. Por un lado, los trumpistas –fanáticos y obsesionados, encabezados por Trump– y sin duda dispuestos incluso a crear un nuevo partido. Les siguen los republicanos tradicionales, serenos, con madurez para aceptar la derrota y no debilitar la institucionalidad del país.

Tengo muy buenos amigos guatemaltecos simpatizantes con las ideas tradicionales del partido de Lincoln. El lunes recibí mensajes de dos compatriotas, republicanos por convicción, uno de ellos con la frase “apoyo a Trump 100%”, y el otro con mención al “bochornoso numerito” “marcado en la historia como un acto que degradó aún más la credibilidad popular en los políticos oportunistas y poco serios”. Lo menciono porque nunca me he explicado el apoyo a partidos extranjeros, para colmo pertenecientes a un tal vez ya decadente imperio, que sigue protegiendo intereses, no amigos.

En este momento la figura de Trump está todavía viva aunque desfalleciente, y por ello el juicio sereno de sus acciones deberá esperar algún tiempo, cuando ya sea parte de la Historia política mundial. Es evidente su renuencia a aceptar la derrota y sin duda está muy preocupado por las consecuencias legales de sus actos. Personificó la obsesión por el poder presidencial en una forma tercermundista, algo sin precedentes en la historia estadounidense. Si los demócratas ganan el Congreso, arriesgan no sobreponerse a esa victoria, por lo cual no se podrán dar el lujo de radicalizarse, sino que deberán migrar hacia el centro.