Ventana

Un tornillo entre los ojos

Rita María Roesch clarinerormr@hotmail.com

Escribo este artículo en honor a nuestro hogar: la Tierra. Es una reflexión en voz alta. Cada 22 de marzo se conmemora “su día”, pero a mi juicio deberíamos agradecerle, protegerla y cuidarla con esmero todos los días. Nuestra vida depende de ella. Solo el hecho de caminar sobre este planeta vivo es un milagro misterioso que damos por garantizado. Sin embargo no es así. Dos ejemplos claves que descontamos, a pesar deque son noticia cotidiana. Uno, que los glaciares se están derritiendo más rápido que nunca por el calentamiento global. Dos, que miles de hectáreas de bosques con su biodiversidad son arrasados por incendios que se propagan vertiginosamente interrumpiendo sus ciclos de vida natural y aumentando los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera.

En Guatemala vivimos esa tragedia constantemente. Esta semana el fuego se ha propagado en varias hectáreas de mangle en el humedal de Manchón Guamuchal, en Retalhuleu. Los incendios, la mayoría provocados, amenazan cada vez más las especies de fauna y flora nativas. Pareciera que los chapines viviéramos en un planeta como Marte, sin vida. Las reacciones del Estado y de la población en general no son suficientes. La indiferencia es la norma. Es por eso que contaminamos los suelos, las fuentes de agua, el aire. Ponemos en riesgo la belleza de nuestros singulares paisajes que atraen a los visitantes de todos los rincones del mundo. Si seguimos destruyendo nuestros ecosistemas naturales, como hasta ahora, la pobreza aumentará, y con ello, el flujo de migrantes hacia el extranjero no se detendrá.

El domingo pasado caminé por el sendero de un bosque de encinos. Recogí del suelo una de sus hojas secas. La admiré. ¡Me di cuenta con sorpresa lo bella que era! Parecía como si la primorosa mano de un artista genial la había tallado de una finísima lámina de madera. Luego la había pintado con tonos de verde y café y, como toque final, ese artista anónimo la había sumergido en un refinado barniz, porque al caerle un rayo de luz la hoja entera emitió un delicado brillo. ¿Cómo una simple hoja de encino, que recogí al azar, era tan hermosa? La hoja parecía la palma de una mano que tiende a cerrarse. Esa forma descubría cientos de líneas, unas finas y otras más gruesas. ¡Imaginé que, si supiera interpretar esas líneas, como lo hacen las gitanas al leer la palma de la mano, descubriría los secretos de la vida del encino y del bosque entero! “Podrías descubrir eso y más”, susurró el Clarinero, “posiblemente percibirás que los humanos no conocen lo importante que son las hojas para la vida de un bosque. Las hojas nutren el suelo al descomponerse, generan las condiciones propicias para la reproducción de una infinidad de especies de insectos y animales, como las mariposas, las lagartijas, los sapos, que depositan sus huevos sobre las hojas, generando que la cadena de vida de un bosque permanezca.

¿Por qué vivimos tan alejados del mundo natural que nos permite vivir? Nuestra visión del mundo actual perdió la conexión que teníamos con ella. Durante siglos, los humanos formamos una sola comunidad con el ambiente natural que nos rodeaba. Vivíamos en total reciprocidad como la abeja es a la flor. Nuestros sentidos de la vista, oído, gusto, tacto, estaban abiertos a los diversos lenguajes de la Tierra. Con la revolución industrial, a mediados del siglo XVIII, ocurrió toda una transformación económica, social y tecnológica que trajo grandes beneficios, pero también prejuicios, porque se empezó a ver al mundo como una máquina… introducimos un tornillo en nuestros ojos. Esa visión nos separó. La paradoja es que nuestra vida depende totalmente de este planeta vivo. Es preciso dejar atrás ese temor inconsciente que llevamos dentro. Volver a sentir a la madre Tierra. ¡ Sacarnos el tornillo que llevamos en los ojos!