Liberal sin neo

Una historia de reconciliación

Fritz Thomas fritzmthomas@gmail.com

La película documental Una chica en el río (A Girl in the River) despierta indignación y deja más preguntas que respuestas. Cuenta la historia de Saba Qaisar, de una comunidad en Pakistán, que estaba comprometida con un hombre con el que su tío le prohibió casarse. Saba no hizo caso, se fugó de su casa y se casó con el novio. El padre y tío de Saba la buscaron en casa de la familia del novio, la condujeron a un bosque donde la golpearon, le dispararon en la cara y la lanzaron a un río. Saba logró sobrevivir, llamar a la policía y llegar a un hospital. Su padre y tío fueron arrestados, encarcelados y acusados de intento de homicidio. A ojos de la comunidad, Saba, su padre y tío, estaban todos deshonrados.

Saba visitó al consejo de ancianos de su comunidad para pedir consejo. Tras deliberar y discutir entre ellos, los ancianos le recomendaron que perdonara a su padre y tío. Si Saba los perdonaba ante un juez quedarían libres. El razonamiento de los ancianos era que el perdón sería la única forma de alcanzar la paz entre las familias y en la comunidad. De ir a la cárcel por cinco o seis años, el padre y tío de Saba no tendrían como mantener a sus familias. La “mala sangre” entre las familias duraría al menos dos o tres generaciones, causaría más crímenes y conflictos en la comunidad. La familia de Saba y la de su esposo serían rechazadas por la comunidad, con lazos muy estrechos entre vecinos y familias. Saba optó por perdonarlos frente al juez, con lo que por ley y costumbre, su padre y tío quedaron libres. Lo hizo, dijo, para mantener la paz entre las familias y por el bien de la comunidad. Saba, su esposo, padre y tío, caminan con la frente en alto en la comunidad, con su honor restaurado.

Desde la Ciudad de Guatemala en el siglo XXI nos sentimos horrorizados por esta historia. Este tipo de violencia contra una joven mujer, hija y sobrina, es imperdonable. A medida que veía el documental y conocía la historia de Saba, me sentía indignado por la barbarie cometida contra esta joven mujer, quien no cometió pecado más que amar a un hombre y casarse con él. Sin embargo, poco a poco, escuchando los testimonios del razonamiento de los ancianos, la madre y hermanas de Saba empecé a comprender. La justicia, como la entendemos, sería causa de más injusticia y sufrimiento para ambas familias y la comunidad. Saba hizo el supremo sacrificio, para lograr la paz. ¿Estoy de acuerdo con estas costumbres y prácticas? Por supuesto que no, el padre y tío merecían la cárcel y más. Estoy en contra de este tipo de violencia y pervertido sentido del honor. Admiro profundamente el sacrificio de Saba, aun cuando nos cueste entender su hermoso gesto.

Guatemala necesita una verdadera reconciliación y perdón que ponga fin a las secuelas del conflicto armado interno. La guerra fue terrible, causó mucha destrucción, muerte y sufrimiento, que vivirá para siempre en la memoria de quienes la sufrieron. Sucedieron crímenes y horrores al parecer imperdonables. Pero esto no debe usarse como bandera para promover causas políticas y prolongar el enfrentamiento y conflicto. Los militares jamás habrían acordado firmar la paz si hubieran sabido que una generación más tarde el sistema se voltearía contra ellos. La paz se firmó de buena fe, sin sospechar que la exguerrilla encontraría los hoyos en los acuerdos que le permitiría continuar la guerra con persecución penal. La persecución de los horrores de la guerra ya no es justicia, es bandera política y negocio de resarcimiento. Por amargo que parezca, hay que perdonar para alcanzar la verdadera paz.