Hagamos la diferencia
Una votación que duele en agronomía
Cuando quienes debían defender la universidad deciden callar.
Haber sido docente y alumno en la Facultad de Agronomía de la Universidad de San Carlos de Guatemala es algo significativo en mi vida profesional. Allí compartí aulas, debates académicos y la convicción de que la agronomía debía servir al país, especialmente al área rural, que tanto necesita conocimiento, innovación y liderazgo ético. Por eso, resulta inevitable sentir una profunda decepción al conocer que profesores de esta histórica unidad académica decidieron votar a favor de electores del actual rector. Una única planilla participó debido a errores que cometió la otra planilla, errores realmente infantiles, que dejan más sombras que luces. ¿Por qué no cuidaron todos los formalismos legales? Se dejó el espacio libre para que fuera copado por oficialistas. Lo más grave, docentes que se prestaron para ser la planilla oficial.
La universidad no solo forma profesionales; también debe formar conciencia.
No se trata únicamente de una elección administrativa. En la única universidad pública del país, cada voto académico tiene un significado político, institucional y moral. La Universidad de San Carlos ha atravesado uno de los momentos más complejos de su historia reciente, marcado por cuestionamientos sobre legitimidad, autonomía universitaria y el deterioro de su imagen ante la sociedad guatemalteca.
Durante décadas, Agronomía ha sido reconocida como una facultad crítica, técnica y comprometida con el desarrollo nacional. Sus profesionales han trabajado en el campo, en comunidades olvidadas y en instituciones públicas intentando mejorar la producción agrícola y las condiciones de vida rural. Era precisamente por esa tradición por la que muchos esperábamos una postura más coherente con la defensa institucional de la universidad. La universidad pública no puede convertirse en un espacio de complacencias ni de alineamientos circunstanciales. El docente universitario tiene una responsabilidad mayor: pensar más allá de intereses inmediatos y actuar considerando el impacto histórico de sus decisiones. Cuando los profesores renuncian a ese papel crítico, la universidad comienza lentamente a perder su esencia.
Lo más preocupante no es solamente el resultado de una votación, sino el mensaje que se transmite a los estudiantes. ¿Qué aprende un joven cuando observa que su propia casa de estudios, llamada a cuestionar el poder y defender principios, termina respaldando procesos ampliamente señalados por amplios sectores académicos y sociales? Guatemala necesita universidades fuertes, independientes y respetadas. Necesita académicos capaces de levantar la voz cuando las instituciones se desvían de su misión. La historia demuestra que las universidades que renuncian a su pensamiento crítico terminan perdiendo relevancia social. Los estudiantes, si votaron en contra del statu quo, mis aplausos para ellos. Esperamos que los profesionales hagan lo mismo.
Quizá algunos consideren esta reflexión incómoda. Sin embargo, el silencio sería aún más preocupante. Quienes hemos pasado por las aulas como docentes sabemos que educar también implica decir aquello que muchos prefieren callar. La Facultad de Agronomía ha sido, y puede seguir siendo, un referente académico para el país. Pero ello exige recuperar algo fundamental: la coherencia entre lo que se enseña en las aulas y lo que se practica en las decisiones institucionales. Porque, al final, las universidades no se miden solo por sus títulos otorgados, sino por la dignidad con la que defienden sus principios. Agronomía ha contribuido enormemente al desarrollo agrícola del país. Sus egresados trabajan en comunidades rurales, investigación y producción nacional. Esa trayectoria hacía esperar una postura distinta en un momento donde la credibilidad institucional estaba en juego. Por eso la decepción no nace del desacuerdo político, sino de algo más profundo: la sensación de que una facultad históricamente crítica optó por el silencio cuando la universidad más necesitaba claridad.
Con el tiempo, las elecciones pasan y las autoridades cambian. Lo que permanece es la memoria institucional. Y la universidad, como la historia, siempre termina haciendo una pregunta sencilla, pero inevitable a su comunidad: ¿Quiénes estuvieron dispuestos a defenderla cuando más lo necesitaba? Hoy se elige en el colegio de profesionales de Agronomía; esperamos que la planilla opositora pueda participar. Hay un fallo a favor de su inscripción. Demostremos que queremos un cambio.