La buena noticia
Unidad en la diversidad
Desde el principio, la Iglesia tuvo que articular la unidad en la diversidad.
La discriminación es el modo de manejar la diferencia entre humanos por medio de la exclusión. Su forma más radical es el racismo, que considera que las diferencias culturales como las fenotípicas de un grupo humano tienen fundamento biológico y manifiestan un grado diverso de humanización. El racismo dice que un grupo humano diferente es tal porque no ha alcanzado el grado de humanidad igual al otro grupo que así lo juzga. La discriminación se da en todas las culturas. Las expresiones pueden ser groseras y patentes o también sutiles y latentes. En las culturas influidas por la fe cristiana se ha logrado mitigar hasta cierto punto.
En la diversidad de idiomas se anunciaba un único mensaje: el evangelio de Jesucristo.
De modo lento y a paso de siglos, dos ideas han contribuido al cuestionamiento de la discriminación y el racismo en el ámbito cristiano. Una procede de las Escrituras judías de que todos los hombres y mujeres somos descendientes de Adán y Eva, creados a imagen de Dios y, por lo tanto, igualmente humanos. Otra es la convicción de que Cristo es salvador de todos los hombres, porque todos son igualmente pecadores y mortales y ante él las diferencias raciales o culturales no tienen importancia en cuanto a la capacidad de beneficiarse de su salvación. A pesar de todo, la discriminación más o menos atenuada se manifiesta aquí y allá incluso en el ámbito de las culturas cristianas; no digamos nada de las que son ajenas a ese influjo.
Mañana, la Iglesia Católica celebra la fiesta de Pentecostés, un nombre griego, para designar una fiesta judía, durante la cual ocurrió el acontecimiento salvífico cristiano final: el don del Espíritu Santo a los discípulos de Jesús, que tuvo como consecuencia la manifestación de la Iglesia y el inicio de la evangelización. El relato de la efusión del Espíritu en el libro de los Hechos de los Apóstoles dice que una multitud pluriétnica y plurilingüe había venido en peregrinación a Jerusalén con ocasión de la fiesta. Tras la efusión del Espíritu, esa multitud escuchó la predicación de Pedro y de los apóstoles y la entendió. Pedro hablaba en arameo, pero los oyentes lo entendían como si les hablara en su propio idioma. En la diversidad de idiomas se anunciaba un único mensaje: el evangelio de Jesucristo. La escena se convirtió en anticipo de la expansión misionera de la Iglesia, que ya en tiempos apostólicos se extendió por diversos territorios, culturas y naciones. Pueblos de etnia e idioma diversos aceptaban la fe en el mismo y único Dios, acogían la única salvación realizada por Jesucristo, se consideraban miembros de la única Iglesia y comenzaron a considerarse y a llamarse hermanos, hijos de un mismo Padre Dios, destinados a una misma salvación.
Desde el principio, la Iglesia tuvo que articular la unidad en la diversidad. No pretendió borrar diferencias para crear uniformidad. Para recibir la salvación de Cristo, dejaban de tener importancia las diferencias étnicas, culturales o sociales, si uno era judío o gentil, griego o bárbaro, libre o esclavo. Todos eran igualmente capaces y tenían igual derecho de convertirse a la fe. En la Iglesia, la diversidad exterior se unía en una comunión interior por la participación de todos en las realidades espirituales: una misma fe, una misma salvación, una misma participación en el Espíritu Santo, un mismo cielo como destino final. Y aunque la doctrina de la igualdad de todos ante Dios no acaba de erradicar todas las conductas discriminatorias o racistas, con frecuencia se da que, en una comunidad cristiana reunida para el único culto, personas étnicamente distintas o que en la sociedad civil ocupan estratos sociales diversos sin cauces para el trato recíproco deban reconocerse igualmente cristianos, aunque eso sea el mínimo.