Hagamos la diferencia

Usac: la captura que amenaza su razón de ser

Una crisis que ya no puede maquillarse.

Vengo del interior del país, donde las oportunidades escasean y estudiar suele ser un acto de resistencia. Antes de llegar a la universidad pasé por la Enca, una institución que me inculcó disciplina y compromiso. Pero fue en la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac) donde comprendí el verdadero alcance de la educación: no solo como herramienta de superación personal, sino como motor de transformación social. Por eso preocupa profundamente lo que hoy ocurre en la Usac.

La elección de rector confirma un deterioro institucional que la comunidad universitaria ya no puede ignorar.

La elección del rector para el período 2026–2030 no es un evento más. Es la confirmación de un deterioro que ya no puede atribuirse a errores aislados. Los cuestionamientos sobre la integración de los cuerpos electorales, las dudas sobre la legitimidad de las decisiones y la percepción de reglas acomodadas a intereses específicos no son nuevos; son evidencia de una tendencia. Y esa tendencia tiene nombre: captura institucional.

Cuando los mecanismos de elección pierden credibilidad, cuando los órganos de gobierno son señalados y cuando la transparencia deja de ser un principio básico, la universidad deja de responder a su comunidad y empieza a responder a intereses de control. Ese es el punto crítico en el que estamos.

La Usac no es cualquier institución. Es la única universidad pública del país, con presencia e incidencia en múltiples espacios nacionales. Para miles de jóvenes, en especial los del interior, representa la única vía real de acceso a la educación superior. Debilitarla no es un problema interno; es un golpe directo a las oportunidades de desarrollo de Guatemala.

Como profesional, docente y egresado, surge una preocupación de fondo: ¿qué estamos enseñando con el ejemplo? Las instituciones también educan. Y cuando sus prácticas se perciben opacas o excluyentes, el mensaje es peligroso: que las reglas pueden adaptarse, que la institucionalidad es negociable y que el poder puede imponerse sobre la legitimidad. Eso no forma profesionales; normaliza distorsiones.

La historia reciente de la Usac ya mostró las consecuencias: conflictividad, división y pérdida de credibilidad. Pero hoy el riesgo es mayor, porque estamos más cerca de la normalización que de la indignación. Y cuando una sociedad deja de indignarse, empieza a ceder.

Ante esta situación no bastan llamados genéricos al diálogo; se requieren decisiones concretas. Primero, una revisión seria y transparente del proceso electoral. La legitimidad no se decreta. La Corte de Constitucional podría tener una participación clave, al exigir una revisión del proceso, y castigar el desacato a sus resoluciones anteriores. Segundo, una renovación profunda de los órganos de gobierno; no se puede recuperar la confianza manteniendo estructuras cuestionadas, con representantes cuyo período ya concluyó en un acto claro de usurpación. Tercero, un sistema electoral verdaderamente independiente, sin conflictos de interés. Cuarto, un diálogo real, amplio y sin simulaciones, que reconstruya el vínculo entre autoridades y comunidad universitaria. Y quinto, una reforma de fondo al modelo de gobernanza que blinde a la universidad frente a intereses ajenos a su misión, sin poner en riesgo su autonomía.

Hoy lo importante no es quién ocupa la rectoría, sino si la Usac seguirá siendo un espacio de pensamiento crítico y movilidad social, o si terminará atrapada en las mismas lógicas que históricamente ha debido cuestionar. La universidad que me formó merece algo distinto. No defenderla hoy, con claridad y firmeza, sería aceptar su transformación en algo que nunca debió ser. Y ese sí sería un costo demasiado alto para el país.

Resulta difícil comprender el nivel de descaro de quienes sostienen este proceso, así como de quienes, desde dentro, han decidido respaldarlo a cambio de intereses personales. Y más triste ver en este grupo a colegas que han vendido su honor. Esa es, quizá, la señal más preocupante del momento que atravesamos.

ESCRITO POR:

Samuel Reyes Gómez

Doctor en Ciencias de la Investigación. Ingeniero agrónomo. Perito agrónomo. Docente universitario. Especialista en análisis de datos, proyectos, educación digital. Cristiano evangélico.