Catalejo

Vi a mi madre, abuela, bisabuela y tatarabuela

Mario Antonio Sandoval

Hoy, 10 de mayo, se celebra el día de la madre. Por descuido, talvez, no se celebra con la misma intensidad a aquellas mujeres cuya maternidad ha sido doble o triple, talvez cuádruple, al haber sido madres, duplicar ese papel cuando se convierten en abuelas y triplicarlo al poder abrazar a bisnietos, así como a cuadruplicarlo cuando tienen la emoción sin nombre de hacerlo con los tataranietos. Yo tuve la suerte de conocer a esas cuatro mujeres: mi tatarabuela materna murió cuando yo tenía dos años y mi bisabuela no pudo conocer a su primer tataranieto, mi hijo mayor, porque se fue pocos meses antes de su nacimiento. Mi abuela me vio vivir por 18 años y tuvo una importancia especial la tía bisabuela cuyo amor estuvo conmigo por casi cinco lustros.

Digo esto para explicar por qué para mí la figura de la “multimadre” es tan importante. La madre debe corregir; la abuela, consentir amorosamente; la bisabuela, admirarse de su suerte, y la tatarabuela sin duda no puede creerlo. Pero hablando sólo de las madres, las admiro porque —salvo escasas excepciones, claro— son fuente de amor. Aclaro algo: ser madre no necesariamente significa parir. Hay diferencia entre madre biológica y madre de hecho y derecho, como ocurre también con algunos padres. Admiro a la mujer valiente convertida en madre a pesar de todo, porque ser el nido de donde surge la vida constituye un privilegio único, por el cual hasta se debe pelear.

La figura de la abuela, centro de este comentario, es fuente de otro tipo de amor. Y cuando su hijo o hija pierden a un niño, su dolor es doble. (Por cierto, curiosamente ningún idioma tiene una palabra cuyo significado sea “persona a quien se le ha muerto un hijo”, como sí existe viuda o huérfano.) El estereotipo de abuela es el de una mujer canosa, con libritas de más, sentada tejiendo o rezando en la iglesia. Pero la realidad guatemalteca y del mundo presenta la subespecie de la abuela joven —40 años— o muy joven. Conocí el caso de una mujer convertida en madre a los 17 años y en abuela a los 35 porque se había repetido la historia. Es la abuela de jeans de lona, de traje de baño de dos piezas, con los atractivos de la mujer madura por lo vivido y no tanto por sus años.

Ser abuela, entonces, constituye un honor tan grande como ser madre. Algunos seres absurdos hoy en día usan ese término o su masculino como una manera de hacer de menos a alguien. Las culturas antiguas, los incas, por ejemplo, adoraban, y aún lo hacen, a la Madre Tierra, llamada Pachamama, diosa también de la fertilidad. La figura de la abuela es también muchas veces el símbolo de la prudencia, de la sabiduría innata más la experiencia vivida. Pero también es el símbolo de la aceptación del paso de los años, cuando los nietos han llegado algo tarde o cuando ya no necesitan de ese amor, les queda algo o mucho de admiración y ternura por quien tantas veces fue una cariñosa cómplice de las travesuras y hasta las malcriadezas de la infancia.

Ser abuela, repito, jamás debe ser considerado vergonzoso. Llamar a una mujer con esa dulce palabra, y de ninguna manera es insulto, sobre todo a personas a quienes el vocablo no las identifica. Una experiencia increíble de mi vida fue haber recibido reclamos por haber escrito sobre el papel de abuelato femenino, tan distinto al masculino aunque también este es muy profundo. Por ahora, reitero esa admiración y afecto a todas las multimadres del mundo, especialmente a las abuelas, quienes al convertirse en eso —pronto o tarde— inician una nueva etapa de la vida, en muchos casos talvez la última. Y reitero además el orgullo por mi enorme suerte de haber sido arrullado por mi madre, mi abuela, mi bisabuela, tía bisabuela y mi tatarabuela, todas ya en las alturas…