Catalejo

Conversación con la vieja casona familiar

Mario Antonio Sandoval

Las viejas casas familiares también celebran, a su manera, la Navidad. Silenciosas, solemnes y también tristes o alegres, según las circunstancias de la vida transcurridas entre sus paredes. Han visto las alegrías y las penas, los principios y a veces el final de la existencia de algunos de sus ocupantes. Y los extrañan. Extrañan no poder darle eco a la voz de los abuelos o de otros familiares ya embarcados en el viaje sin retorno. Se alegran de la llegada de algún nuevo miembro de la familia y les encanta recibir el tintineo de sus llantos de bebés, así como las risas de las celebraciones de cumpleaños, aunque queden desordenados restos de piñatas. Si es cuestión de alguna boda, sonríen cuando ven Salir al  novio o a la novia para iniciar su propio viaje, y piensan en el regreso de ellos, ya con alguien más entre los brazos.

Las casas tienen sentimientos, aunque solo unos pocos escogidos puedan descubrirlos. Almacenan vibraciones de amor, pero también de dolor y de resentimientos. Cuando son de amor, esas vibraciones se reflejan en el sonoro reflejo de las risas, de los abrazos. Cuando se van quedando solas junto con los abuelos, el súbito bullicio de las voces infantiles o de los demás visitantes, alegra el ambiente. Aumenta la intensidad de las flores del jardín y luego, cuando se han ido, el también súbito silencio se siente pesado. Para Navidad, a las casas les encanta verse adornadas con el pino, el olor del árbol y de la manzanilla. Talvez no les gusta el ruido ni el olor de los cohetes, pero no lo indican porque ven el gusto de los patojos al quemar las ametralladoras. Eso sí, les gusta el aroma de los tamales y del tradicional ponche.

Las casas también se entristecen cuando saben de la ausencia definitiva de alguien. Sus risas ya no estarán reflejadas en las paredes. Pero están claras: esa es la ley de la vida. Se preocupan cuando uno de sus huéspedes ha debido ir al hospital, o cuando se encuentra lejos, más allá del mar o de las montañas. Es así porque tales conjuntos de paredes, techos, ventanas y puertas son una especie de ser vivo. Por eso se les toma cariño: los recuerdos de la vida familiar se encuentran en los rincones. Cuando son varias las generaciones pasadas, las casas comienzan a sentirse como el lugar natural de residencia, además de sentirse con el derecho de cuidar a los ocupantes cuando estos llegan a la etapa final de su existencia. Quieren ser, muy merecidamente, el puerto de donde se sale al inevitable viaje sin retorno.

Hace dos días, yo estaba en la sala leyendo un libro cuando de pronto comencé a escuchar susurros desconocidos. Eran de la casa, ahora alegre por la época, y serena a pesar de no poder darle la bienvenida a familiares y viejos amigos. Dijo todo lo expresado en este artículo y me di cuenta de la injusticia de dejarla sola para irme a otro lugar, aunque sea más cómodo y “mejor”. Le cumpliré el deseo de solo salir cuando vaya a ese puerto, porque en todos esos años el mayor elemento asimilado ha sido el del amor. Las tristezas y los dolores han sido menos, aunque ciertamente profundos, pero más altos han sido el amor, la alegría, la hermandad. Y le agradezco esa posada en todos estos años, con una disculpa por no haberme dado cuenta de esta verdad, hoy apenas esbozada en estas tan pocas líneas.

En esta Navidad, sugiero a mis amables lectores intentar una conversación como esa. Se sorprenderán de cómo al ver los rincones y demás partes de la casa —la cocina, por ejemplo— sentirán ese susurro del cual hablo. Es justo, además. Nos hemos acostumbrado a verla siempre allí y hasta cierto punto se la ha invisibilizado. Pero están y con seguridad permanecerán después de nuestra partida definitiva. Dicho todo esto, creo importante expresar mis mejores deseos porque todos tengamos una Navidad tranquila, en familia, guardando el espíritu y el verdadero sentido de la fiesta anual para recordar el nacimiento del Salvador del Mundo. Es y debe ser un oasis de paz en un país cada vez más hundido en la irresponsabilidad y el abandono. Es un buen momento para permitir el renacimiento de la esperanza.