Ideas

Desayunos fantasmas

Jorge Jacobs Fb/jjliber

El gobierno está reactivando los “programas sociales” justo antes del proceso electoral. Inició con los comedores y ahora también va a retomar las bolsas de productos. Aparte de clientelares, estos programas se prestan todavía más a la corrupción, por la dificultad de auditarlos. Dentro de poco ya no se perseguirá a los corruptos solo por las plazas fantasmas, sino también por los desayunos fantasmas, almuerzos fantasmas y bolsas fantasmas.

No importa que les cambien el nombre, el concepto sigue siendo el mismo que ya demostró en muchas partes ser un fracaso y cuya principal motivación es electorera, más que una verdadera intención de sacar a las personas de la pobreza. Incluso en Brasil —que fue de donde Sandra Torres tomó la inspiración cuando los implementó en Guatemala— han sido un fracaso y luego de casi dos décadas no han mejorado el nivel de vida de los beneficiarios.

En teoría estos programas contribuyen a mitigar las secuelas de la pobreza a las personas que los reciben. En la práctica se han convertido en un caballito de batalla para dos objetivos: congraciarse con los beneficiarios para tratar de obtener su voto en siguientes elecciones y robar una buena parte de los fondos aprovechándose de la dificultad de auditar a cuántas personas realmente se “beneficia” con los programas y cuántas son “beneficiarios fantasmas” que permitan inflar artificialmente las compras.

A ello hay que agregar que en muchos casos la burocracia es tan ineficiente que ni siquiera logra implementar bien los programas, al grado de quedarse en ofrecimientos que al final no cumple. El Maga, por ejemplo, ha sido incapaz hasta de cumplir con el ofrecimiento de los vales de ayuda para las familias que han sido afectadas por la sequía. En un reportaje presentado esta semana en Prensa Libre, sobre ese caso, un residente de Los Magueyes, Jalapa, don José Dolores Agustín, parece ser más sensato que la mayoría de políticos, burócratas y tecnócratas al decir: “Lo que necesitamos es trabajo, porque uno tiene que ver cómo sale adelante…” Las personas podrán ser analfabetas y estar aisladas de la sociedad moderna, pero tienen muy claro que lo que se necesita para salir de la pobreza es la creación de empleos productivos.

Sin embargo, el Gobierno sigue enfatizando los programas sociales como su forma de “combatir” la pobreza. Siempre he cuestionado, por ejemplo, el uso de los comedores iniciados en el tiempo de los Colom Torres, ya que, aunque dicen ser orientados a apoyar a los más pobres y afectados por la desnutrición, su ubicación siempre ha reflejado más intereses políticos —de ganar votos— que humanitarios. Hasta la fecha esto no ha cambiado mayor cosa.

A eso hay que añadir las sospechas de corrupción que recaen sobre estos programas. Según un reportaje publicado esta semana en elPeriódico, existe un claro sobreprecio en lo que el Gobierno paga por la comida que se distribuye en muchos de los comedores. El reportaje demuestra que mucha de la comida está sobrevalorada, no solo por su comparación con los precios de la calle en cualquier comedor privado, sino más contundentemente por la comparación de las compras realizadas en los mismos comedores: en unos comedores el precio pagado por la comida es el doble de lo pagado en otros comedores.

A ello hay que añadir que este tipo de actividades se prestan además a sobre reportar lo distribuido, ya que es casi imposible auditarlo. Por ejemplo, ¿cómo se puede saber si, en lugar de repartir 10,000 desayunos, repartieron 9,000 desayunos?

Así que no le extrañe que en los próximos meses veamos cómo los desayunos fantasmas invaden Guatemala.

Fb/jjliber