EDITORIAL

Corregir el rumbo es un reto para todos

El país se encuentra, posiblemente, ante la última oportunidad para enderezar la atención profesional, integral y multidisciplinaria a la amenaza del coronavirus, cuyas cifras de propagación son preocupantes justo en el momento en que 36% de la población descuida las medidas preventivas, 50% sale a las calles a buscar el sustento pese a los riesgos y en que la confianza ciudadana en la gestión gubernamental de la crisis ha caído del 80% al 60%, sobre todo a causa de las variables restricciones que son percibidas como una causa del deterioro.

La excesiva confianza oficial de marzo se ha esfumado. Entonces se promocionaban los hospitales temporales, incluyendo el “error” de afirmar en redes sociales que el del Parque de la Industria tenía tres mil camas, cuando en realidad solo eran 300, lo cual no se “aclaró” sino hasta que la instalación se vio saturada. Luego vino el escándalo de la falta de equipo de protección para el personal médico y paramédico, cuya tardanza en ser atendido es mucho más paradójica si se considera que quien ocupa la Presidencia es un médico, que sabe de los riesgos que se corren al atender infecciones virulentas y, por lo tanto, puede tener una mayor empatía con su gremio profesional.

El tercer estudio de opinión de la empresa ProDatos ha dejado clara la disminución del número de ciudadanos que creen que lo peor está por venir: de 80% en mayo a un 68% en junio, lo cual tiene cierta lógica temporal, pero entraña un riesgo de falsa seguridad que solo contribuye a la expansión de la enfermedad. Las cifras de infecciones reveladas anoche son elocuentes: 421 contagios confirmados, para elevar la cifra total de casos activos a 6,921. Con los 17 fallecidos de ayer, la cifra letal llega a 351.

La cercanía de la celebración del Día del Padre hace temer una repetición de lo ocurrido el 10 de mayo, cuando hubo aglomeraciones en mercados, restaurantes y supermercados, sin las debidas medidas de protección o distanciamiento. El resultado fue evidente dos semanas después.

Un dicho oriental reza: los inteligentes aprenden de sus experiencias, los sabios aprenden de los errores de los demás y los necios no aprenden de los errores de los demás ni de los propios. A luz de los conocimientos actuales sobre el covid-19, de la mortandad causada por este mal en tantos países y también de las prácticas exitosas que se han implementado en otras latitudes, el Gobierno bien puede replantear sus actuaciones, enmendar fallos, despedir a quienes han demostrado incapacidad o negligencia y colocar al frente de la lucha a gente capacitada con todo el respaldo y voluntad política para reconvertir el aparato de Salud.

El enclaustramiento permeable no sirve, así como tampoco se puede liberar totalmente la circulación. Se necesita emprender la masificación de pruebas en áreas de riesgo con resultados rápidos que permitan y desarrollar mapas epidemiológicos realistas. Por su parte, la población debe comportarse responsablemente, como un deber personal, familiar y social. La displicencia puede llegar a ser sinónimo de padecimiento y muerte. No se necesitan más discursos con términos folclóricos, sino información clara, verificada y oportuna. Tampoco se necesitan intervenciones politiqueras de presidenciables derrotados que creen ya estar en el arranque de la siguiente campaña, pues esto también es un vulgar aprovechamiento a costa del dolor de los guatemaltecos. Hay que proponer, hay que plantear alternativas, pero sin segundas intenciones ni agendas sectarias: todos debemos unirnos en la meta de sobrepasar esta dura prueba.

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