EDITORIAL
Elecciones viciadas carecen de legitimidad
Un auténtico retorno a anquilosadas dictaduras decimonónicas, pero retorcido con un amasijo de demagogias posmodernas, apelaciones teocráticas y el apoyo de potencias más bien tendientes al autoritarismo, como China o Rusia, es lo que se vive en Nicaragua, hermano país centroamericano que lleva ya 14 años bajo la férula de Daniel Ortega, un exrevolucionario a quien el poder convirtió en aquello mismo que combatía cuatro décadas atrás o algo aún peor.
Nada bueno ni válido puede salir de unas elecciones viciadas, dentro de las cuales solo se ha permitido la participación del autócrata y de contendientes sospechosos de estar alineados al oficialismo. Por si fuera poco, se produjo en semanas previas una revisión de documentos de votación, a la cual asistieron solo seguidores del sandinismo, un apoyo claramente condicionado por prebendas clientelares o la pertenencia a algún estamento del Estado. El 75% de la población, si bien rechaza el régimen imperante, está bajo la amenaza de represalias y el constante asedio de fuerzas de seguridad devenidas en una especie de guardia pretoriana cuyas herramientas son la delación y el castigo sumario, tal como se ha denunciado en diversos foros internacionales.
Tristemente, el aparato militar y policial nicaragüense, en lugar de servir a la ciudadanía, es simple vigilante de los intereses del septuagenario gobernante que utilizó canales democráticos y poses demagógicas para hacerse del poder, y una vez en él comenzó a cercenar derechos y libertades. Actualmente más de 150 líderes políticos opositores están en la cárcel acusados de dudosos delitos, fraguados por una fiscalía instrumentalizada y cortes plegadizas.
Estados Unidos ha emitido algunas sanciones contra figuras del gobierno sandinista, pero no ha sido suficiente. Posiblemente porque no ha tocado los cerca de US$100 millones del Instituto de Previsión Social Militar de Nicaragua que se cotizan en la Bolsa de Nueva York, según reveló la revista Confidencial. La eliminación por parte de la red social Facebook de cientos de cuentas fantasma fue un duro golpe a los corifeos oficialistas que, irónicamente, reclaman libre expresión.
Desafortunadamente, Nicaragua no es el único país con síndrome autocrático, puesto que tal tendencia a la concentración de poder también se hace evidente en Honduras, El Salvador y la misma Guatemala, en donde las legislaturas son anodinas y las cortes están cortadas a la medida de los intereses de camarillas oficialistas. Pero que las tendencias no llamen a error: tales modelos son insostenibles debido a que la ciudadanía está mejor informada que hace un siglo y está consciente de las tretas de los politiqueros con piel de zorro. Es inevitable, sí, el alto costo social, el rezago en el desarrollo y también en la economía y la productividad. En Nicaragua hubo empresarios que apoyaban a Ortega con todas sus fuerzas, hasta que este los dejó con los colochos hechos y comenzó a perseguir a todo aquel que le criticara, también a sus fortunas. Tales personajes no saben de honor o fidelidades.
En todo caso tanta violencia represiva en Nicaragua solo refleja la endeble posición de Ortega, quien tiene el uso de la fuerza y nada más para sostenerse en el cargo. Ya solo le falta que en las desde ya inválidas elecciones del domingo 4 obtenga una cifra descomunal de votos, a la usanza de viejos caudillos latinoamericanos que terminaron en prisión, en un manicomio o en el exilio, marcados por siempre como traidores de la confianza de sus pueblos.