Editorial

Giro en el escenario político de EE. UU.

El panorama total se irá aclarando para los dos últimos años de Trump en el poder, pero para ambos partidos debe quedar claro que el electorado está cambiando.

La única incógnita prevaleciente al cierre de esta nota, sobre el giro político de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, ya no era si iba a tener mayoría demócrata, sino por cuántos asientos. Las proyecciones más conservadoras señalaban unos 20 asientos de ventaja para los azules, pero la posibilidad podría llegar a superar los 60 congresistas. No es primera vez que sucede un cambio de balance así: en las elecciones de mitad de mandato de 2018, también con Trump en la Casa Blanca, los demócratas lograron 235 asientos en la Cámara Baja, pero esta vez podrían ser más. De tener un Congreso anuente, el presidente Donald Trump enfrentará un Legislativo previsiblemente más adverso.


El mensaje de fondo de los votantes es de rechazo a cierta pasividad o laxitud del Partido Republicano en dos años de control total. Ciertamente, las causas de este cambio electoral ya se preveían desde los sondeos previos: el alto costo de vida que se agravó por la guerra con Irán y el impacto de la política presidencial arancelaria para presionar a otros países, pero que generó un efecto bumerán en los costos de alimentos: en ambos casos, los republicanos del Congreso dejaron pasar demasiado tiempo y demasiado silencio, sobre todo porque ambos temas son potestad presidencial pero requieren —al menos en teoría— de aval Legislativo.


Un tercer aspecto es la agresiva ofensiva antimigrantes, que se anunció para criminales, pero que terminó afectando incluso a partidarios y distritos trumpistas; pero no solo eso, ha separado a familias, ocasionado costos adicionales en diversas industrias, y ha dejado ciudadanos estadounidenses detenidos, a pesar de exigir derechos o incluso fallecidos en confusos tiroteos, cuyos responsables no siempre han sido sancionados.


La disputa del Senado sí resultó cuesta arriba para los demócratas, comenzando porque solo se renueva un tercio —33 escaños— y dos elecciones especiales; no obstante la temprana pérdida de un escaño en Carolina del Norte, que era republicana y cuyo candidato tuvo un apoyo directo del mandatario, así como la victoria de James Talarico en Texas, quienes marcaron el camino para el control de la Cámara Alta.


En la carrera por gubernaturas, el primer revés de la jornada fue la victoria de la candidata demócrata Lance Bottoms, en Georgia, que sería la primera afroestadounidense en ocupar ese cargo en la historia del estado. A esta se sumaron victorias de gobernadores de Chicago, Nueva York y Pensilvania, lo cual no sorprende por ser tradicionalmente demócratas, pero cuya popularidad se reforzó por su oposición a operativos. En Texas, sorprendió el triunfo azul de Gina Hinojosa. Los republicanos retuvieron la gobernación de Florida, también con un candidato afrodescendiente, y también se afianzaron en estados que típicamente han dominado.


El panorama total se irá aclarando para los dos últimos años de Trump en el poder, pero para ambos partidos debe quedar claro que el electorado está cambiando. La irrupción del voto joven hispano, sin duda, tuvo su impacto en los resultados que se están observando; así, también, públicos que solían votar republicano han expresado su desencanto con los resultados de la gestión gubernamental, que han impactado en sectores productivos de campo e industria. Para los republicanos quedará el reto de reagruparse y replantear sus liderazgos de cara a 2028. Y, para los demócratas, el reto es no cometer los errores que llevaron a la mayoría de estadounidenses a no elegirlos, sobre todo al enfocarse en una política de identidad, alejada del día a día de los votantes, preocupados por la economía, la ayuda por desastres y el acceso a la vivienda.

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