EDITORIAL

Humildad

Importa la coherencia entre vida y valores; todo lo demás es una soberbia y vacía pretensión propagandística.

A lo largo de este año preelectoral, pero sobre todo en el último trimestre, se observa en redes sociales a múltiples personas precandidatas a cargo, de reciente cuño o de repetitivas intentonas, protagonizando videos en situaciones aparentemente “reales, pero cuya veracidad se ve cuestionada desde el hecho mismo de estar siendo grabados. Estos reality shows tienen la aspiración a ser virales, apoyados por reenvíos, “me gusta” y comentarios de respectivos familiares, allegados, partidarios o incluso previsibles granjas netcenter.

Se supone que estos histrionismos, aparentemente espontáneos, deben agradar, convencer y asociar la imagen de una virtud, cuya apariencia debe generar simpatías y, por ende, votos o sorprender la buena voluntad de ciudadanos incautos: la humildad. El propósito de tales comunicaciones es convencer que tal personaje posee tal cualidad, ya sea abrazando ancianitos, usando el azadón en un campo, comiendo un shuco en una carreta, ordeñando vacas o caminando por colonias que nunca antes había recorrido —y a las cuales jamás volverá—.

Se busca crear un posicionamiento de supuesta cercanía, aparente empatía y artificiosa —también onerosa— bonhomía, sencillez, don de gentes. Esto se acentúa más en el caso de individuos que ya tienen un cargo, que desean mantener o desde el cual piensan saltar a otro. Reparten dádivas, cuentan chistes, saludan en la calle mientras “trabajan” y hasta hacen gestos procaces. No están conscientes de lo evidente de su falacia. O no les importa.

Al escenificar aparentes humildades, le apuestan a la ingenuidad del público objetivo y también al clientelismo del cual dependen sus ofrecimientos transaccionales que serán pagados con dinero ajeno, al igual que los sueldos de sus potenciales bancadas en el Congreso, sus contratistas, sus asesores, sus nuevas plazas y sus agendas miopes. Sin embargo, al igual que la honradez, la humildad no puede fingirse, solo puede reivindicarse en la coherencia de discurso y acción. Hay largos tratados para definir la humildad, pero en esencia es la virtud mediante la cual la persona modera el apetito desordenado de la propia superioridad pretendida, porque entiende su limitación.

Santa Teresa decía que la humildad es “andar en la verdad”, y ya solo esto es un mentís a tantos tiktoks. Parte de este intento de aparentar humildad, son ciertas invocaciones en vano a Dios, a la religiosidad y a una presunta piedad, basándose en diagnósticos de mercadeo electoral.

Si líderes políticos realmente pretenden dar testimonio de humildad, deben reconocer que nadie puede ofrecer soluciones plenas por sí mismo, que ningún partido puede cumplir de forma aislada; que para rescatar a Guatemala del agujero en que se encuentra se necesita de una agenda nacional de consenso, una hoja de ruta en la cual se comprometa la palabra y la vida misma para trabajar en consenso. Ningún grupo puede solucionar en soledad los desafíos de salud, educación, infraestructura, nutrición, probidad, seguridad pública, infraestructura vial y tecnológica, productividad y conservación ambiental. Ninguna de estas aristas puede desarrollarse obviando o ignorando las otras. Y lo que menos importa es si tal o cual persona aparenta ser “humilde”; importa la coherencia entre vida y valores; todo lo demás es una soberbia y vacía pretensión propagandística.

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