EDITORIAL

IA requiere inteligencia

Ahora que el diálogo sobre sus alcances y riesgos ha ganado fuerza, lo más importante es cultivar con más ahínco la inteligencia infantil y juvenil.

El título parece una redundancia, pero no es así. El apellido la delata: inteligencia artificial, lo cual aunque pueda ser muy rápida y sorprendente, la coloca como una inteligencia más. Hay inteligencia emocional, inteligencia colectiva, inteligencia de negocios, inteligencia de seguridad y más, pero todas giran y tienen sentido en tanto y en cuanto sirvan para la dignificación de las personas. De lo contrario, cualquiera de ellas carece de lo más esencial, que es la raíz latina intelligere, que significa inter-, un prefijo latino equivalente a “saber leer”, “comprender”, “separar”.

En estos tiempos de tantos presidentes obtusos que no saben separar la derecha de la izquierda y terminan en extremos que se topan; en estas épocas en que tantos niños siguen muriendo de desnutrición mientras en el mismo país se pierden alimentos; en estas épocas de hordas virtuales —por cierto, nada inteligentes— que vituperan, repiten sandeces y aceleran el algoritmo del odio, sigue siendo, más que nunca, necesaria la inteligencia sin apellidos y su cultivo.

Hace cuatro meses, cuando el papa León XIV lanzó su encíclica Magnifica humanitas —que por cierto es un buen paso leer—, abundaron las críticas de ciertos sectores que lo señalaban de estar entrando en un terreno que, supuestamente, no tenía que ver con la fe. Obviamente, tales personas no inteligieron su contenido o de plano no la leyeron. En ella, el Pontífice elogia los avances tecnológicos y la evolución digital, pero advierte: “La tecnología puede curar, conectar, educar, cuidar la casa común; pero también puede dividir, descartar, generar nuevas injusticias”.

Y añade el Papa: “No es una solución a los problemas de la humanidad, como tampoco es un mal en sí; pero, concretamente, no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza”. Y para no alargar la cita, compara el propósito de erigir la megacalculadora global como el relato de la torre de Babel, una pretensión de pocos que impacta y confunde a muchos. Ahora que el diálogo sobre sus alcances y riesgos ha ganado fuerza, lo más importante es cultivar con más ahínco la inteligencia infantil y juvenil.

La inteligencia artificial es una herramienta que puede contribuir a la productividad, al aprendizaje, a la toma de decisiones para optimizar recursos e impulsar el desarrollo. Existen programas de aprendizaje de idiomas o fomento de la salud preventiva que ya funcionan con esta automatización de datos. Pero no se trata de una panacea, porque su costo no solo es económico, también es ecológico; trae cuestionamientos éticos que solo pueden resolver las personas, en diálogo, con empatía y de buena fe.

Los potentados, que se creen muy listos, podrán disponer que siga la desbocada carrera por la más absoluta inteligencia artificial —con apellido—, pero por más perfecta que sea no es más que una miríada de comandos programados. En la literatura y el cine se han plasmado historias de máquinas que en determinado punto adquieren una versión de “autoconciencia”, pero la conciencia que se lleva en la mente y el corazón es patrimonio de la persona que sueña, que lee otro libro, que aprende, que enseña, sonríe o llora, pero que, sobre todas las cosas, sabe de la presencia de un ser cuyo Nombre está sobre todo nombre.

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