Editorial

Incompetencias a contrarreloj

La Sicom no es una dependencia burocrática más; por eso, el próximo superintendente necesitará algo más que títulos académicos y experiencia profesional.

Necedades, ambigüedades, ambiciones y cerrazones han pululado en la Superintendencia de Competencia (Sicom), ente creado en noviembre del 2024 para promover y garantizar la libre competencia en el mercado nacional y así procurar una mejor prestación de bienes y servicios a los consumidores. Pero, ¿qué ocurre cuando los propios integrantes del directorio de la entidad, que aún no termina de configurarse, se oponen a la libre competencia de oposición por el cargo de superintendente? Es una evidente muestra de incompetencia.


Incluso cabe preguntar: ¿para qué optó al cargo el primer superintendente electo, Jorge Miguel Castillo, si al cabo de seis meses —en marzo último— iba a estar renunciando por supuestos motivos de índole personal? Se debe mencionar que en una citación del Congreso, Castillo señaló supuestas presiones de otro integrante del Consejo, aunque nunca se profundizó en tal extremo.


Ya para entonces no faltaban las polémicas, pues, en enero de este año, el directorio de la Sicom desató polémica al recetarse un sueldo mensual de Q75 mil para cada integrante, superior incluso al de un diputado con todo y autoaumento ilícito. Para no haber hecho nada aún resultaba un abuso total y, de hecho, la entidad aún muestra entretelones. Desde el 27 de julio está sin superintendente, tras la aceptación de la renuncia de Castillo —cuatro meses después de presentada—.

A partir de mañana, 9 de septiembre, faltarán exactamente tres meses para que la Sicom empiece a operar en aplicación plena de las disposiciones contenidas en la Ley de Competencia; es decir, la recepción de denuncias, análisis de estas, estudios de sectores productivos, evaluación de medidas administrativas, procesos y sanciones.


Parte del zafarrancho interno era un obvio convenencierismo, más parecido a un intento de monopolizar, paradójicamente, la selección del nuevo titular. Uno de los integrantes del directorio habría sugerido que no se hiciera una convocatoria pública —establecida en el reglamento de la entidad al faltar el director— sino que se designara entre los integrantes de dicho consejo.


En parte, la responsabilidad del bache corre a cargo del propio Congreso, que aprobó la creación de la Sicom y la anunció con bombos y platillos. Sin embargo, no se estableció lo suficientemente claro cómo debía hacerse la sustitución anticipada de su primer superintendente. Durante meses, el Directorio se enredó en discusiones bizantinas, jurídicas y, a la larga, anodinas. Nadie había previsto que el director renunciaría en los primeros meses de existencia, pero es algo que puede volver a ocurrir en el futuro y el enredo descrito debería servir para evitarlo.


Se hizo la convocatoria y se presentaron 39 aspirantes para hacerse cargo de dirigir la Sicom, pero de ellos solo seis cumplieron plenamente con los requisitos. Otros 33 están pendientes de subsanar errores u omisiones. El cronograma contempla todavía nuevas revisiones, entrevistas personales, presentación de planes de trabajo, evaluaciones y un examen de oposición antes de llegar a la nómina final de seis. Y mientras esa espera transcurre, el calendario avanza inexorablemente. La Sicom no es una dependencia burocrática más; por eso, el próximo superintendente necesitará algo más que títulos académicos y experiencia profesional: tener una visión clara del concepto de sana competitividad y de los factores externos que a menudo afectan el mercado guatemalteco, para no incurrir en juicios improcedentes. Es clave elegir con celeridad, pero, sobre todo, con idoneidad.

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