EDITORIAL
Inveterada y dañosa polarización desde 1821
El ansia de fortalecer la democracia y Estado de derecho nunca será un error.
Desde las primeras semanas tras la declaración de emancipación política de la Capitanía General de Guatemala del Reino de España, ya aparecía un factor que a lo largo de 205 años se ha convertido en valladar para responder efectivamente a los anhelos, los ideales y las expectativas de una nación en donde prime el bien común. No es que esté mal pensar distinto, ni mucho menos: ¡de eso se trata justamente la aspiración democrática! Pero una cosa es tener convicciones, defenderlas con razones y con acciones coherentes, respetando también las posturas ajenas, mientras que otra muy distinta es la intolerancia despótica, de uno y otro bandos, que fue sembrando el germen de la polarización como método inescrupuloso, que ya en 1821 empleaba la desinformación.
Por desgracia se siguen dando marejadas de señalamientos falaces, sobre todo, a través de granjas digitales; son oleadas de sargazo digital plagadas de odio, prejuicios y agendas obtusas. Por fortuna, ya no estamos en el siglo XIX y también es posible que la ciudadanía guatemalteca coteje, rechace y deplore tales menosprecios a su inteligencia, a su histórico ingenio y a su comprobado sentido común.
Después de la declaración del 15 de septiembre de 1821 siguieron las reyertas entre “cacos” (liberales) y “gases” (conservadores), como se apodaban entre sí. La historia registra los fracasos atribuibles a aquellas aversiones, que incluían descalificaciones aún mayores para quienes intentaban tomar posturas conciliatorias o moderadas. La búsqueda de privilegios sectarios marcó el rumbo de la fallida “anexión al Imperio mexicano” y después, de la incapacidad de coordinación entre el gobierno federal de Centroamérica y las jefaturas estatales, en las cuales se alternaron —y se sabotearon— liberales y conservadores.
Hasta la fecha, sigue habiendo divos istmeños con aires tiránicos, ya sean de aspecto anacrónico o supuestos vanguardistas; total, todos coinciden en la intolerancia patológica a la libertad de expresión, es decir, a la crítica y al disenso, que suelen castigar con la misma vieja receta judicialoide. En fin, fueron las riñas y las incompetencias extremistas las que terminaron de partir en cinco el ideal político centroamericano en 1839.
El único intento político regional contemporáneo, el Parlacén, resulta ser un fiasco, una ficción, porque es una entelequia sin convicciones, plagada de allegados, sin objetivos ni vinculación con la realidad. Coincidentemente, en agosto de este año se murió la Corte Centroamericana de Justicia: primero se retiraron El Salvador, Honduras y Nicaragua (los mandamases quieren controlar su justicia local). Solo quedó Guatemala, que oficializó su salida el 26 del mes pasado. Sobrevive el Sistema de Integración Centroamericana, surgido en 1991 y que ha tenido más éxito en su misión, porque se enfoca en lo que nos une y no en lo que nos separa. En efecto, la productividad de Guatemala y los países centroamericanos sigue siendo proverbial, a pesar de las respectivas cicatrices de sátrapas y corruptos, de miopías administrativas y cegueras éticas.
Pero hay que aprender de los errores y también de los aciertos. El ansia de fortalecer la democracia y Estado de derecho nunca será un error; la exigencia de administraciones gubernamentales y partidos políticos probos jamás será una trivialidad; el reclamo en favor de las garantías universales es pertinente y justo: pero, para que ello avance, se necesita de una ciudadanía unida con valores integrados en una axiología coherente. Justo eso es lo que intentan sabotear, una y otra vez, los serviles polarizadores al servicio de seudolíderes gases y cacos.