EDITORIAL
Nadie merece peligrar por la necedad de otro
El desafío pandémico representa un reto global que dista mucho de concluir, sobre todo para países como Guatemala, cuya clara desventaja en peso geopolítico y económico se ve agravada por la falta de brújula de las autoridades del Ejecutivo y el Legislativo, que no tuvieron en el momento oportuno la previsión de emprender una gestión seria, con recursos no ejecutados en 2020, para la compra de vacunas, como sí lo hicieron naciones vecinas. El mismo Congreso se ufanó de aprobar de urgencia una ley de vacunas, un mérito dudoso si se toma en cuenta que tuvieron todo el año anterior para hacerlo, pero prefirieron encerrarse en otros menesteres sectarios.
El personal médico, de enfermería y apoyo de los hospitales del país se encuentra de nuevo en alerta máxima, ante un repunte de casos, que tiene especial expansión en la provincia: un riesgo que se temía en el 2020 pero que en este marzo apunta a agudizarse si la población no respeta los protocolos preventivos: básicamente observar el uso correcto de la mascarilla y procurar el distanciamiento social, tanto en la vía pública como en los comercios, expendios de alimentos y en actividades familiares.
En varias localidades se han suspendido ciertas actividades comunitarias o religiosas, como oportuna actitud precautoria, pese a que nos encontramos a las puertas del descanso de Semana Santa, el cual se vivió bajo toque de queda el año pasado y en este, si bien hay libre locomoción, es clara la amenaza viral manifestada en las cifras de diagnóstico de casos positivos que en los últimos días han superado el millar diario. No se trata de alarmismo, sino de sentido común e instinto de conservación.
Es claro que los días de descanso de la semana próxima son aprovechados por miles de guatemaltecos para viajar a lugares de recreo o bien para visitar a familiares en la provincia. Estos pueden efectuarse, pues el impacto económico de las visitas a las comunidades representa un beneficio para comerciantes y prestadores de servicios locales. Sin embargo, no se debe bajar la guardia, pues la imprudencia puede conllevar un contagio e incluso riesgo para la vida de seres queridos.
La misma ciudadanía tiene en sus manos la capacidad y la posibilidad de frenar el avance de la enfermedad, primero por un elemental sentido de responsabilidad moral en favor de la propia integridad física y la del prójimo; segundo, porque las más grandes acciones contra el virus dependen de pequeñas rutinas personales como el lavado de manos, la desinfección de zapatos y superficies, el rehuir aglomeraciones y someterse a una prueba de detección en caso de síntomas sospechosos, a fin de recibir el tratamiento oportuno y no esperar a que sea tarde.
Esta Semana Santa es ya infausta, triste y desoladora para miles de familias que han perdido a uno o más integrantes. Se trata de una temporada emblemática, por su hondo significado espiritual y su carga de tradiciones pervivientes que sin duda traen a la memoria el recuerdo de los ausentes. No vale la pena arriesgarse o exponer a seres amados a una ordalía viral por simple capricho, por obcecado escepticismo o por simple y llana irresponsabilidad. Mientras tanto, autoridades, funcionarios y diputados, que en tantas ocasiones esgrimen la soberanía nacional para encubrir desmanes o cometerlos, bien podrían elevar su voz de manera constructiva para viabilizar la consecución de una compra masiva de vacunas.