Editorial

Políticos pierden examen, repiten y no aprenden

Sin civismo, la política es una carrera desbocada.

En la clase política latinoamericana hay una paradoja demasiado frecuente, pero a pesar de ser tan obvia, vuelve a ocurrir con distintas caras y símbolos, aunque similares síntomas: ofrecen a los respectivos electorados resultados diferentes pero cometiendo más o menos las mismas insensateces, ya sea por incapacidad o por indolencia. Figuras viejas o recién llegadas a la arena se desgañitan en campaña, pero en esa misma ruta andan amarrando apoyos de tránsfugas y dudosos financistas; hasta presumen de donaciones desinteresadas cuando bien es sabido que en el inframundo politiquero nadie da nada sin interés.


Es tal la desfachatez que hay prospectos alcaldables, presidenciables o aspirantes a diputados que ya andan comprando cariño con bolsas de verduras pagadas con dinero público. Y si acaso alegan que es su dinero o de benefactores, aplica el aserto del anterior párrafo: nadie regala nada a cambio de nada. Pero aún si así fuera, ¿qué clase de política es esa que necesita carnada? Politiquería barata que a la larga sale —y ha salido— muy cara.


Ese es precisamente uno de los puntos que cuestiona el reciente informe continental de Naciones Unidas acerca de la democracia: crece la cantidad de ciudadanos que no la valoran, que incluso afirman estar dispuestos a tolerar despotismos a cambio de supuestas mejoras. Pero eso es porque no han padecido el infierno de las dictaduras. Espacios e instituciones democráticas han sido permeados por gavillas de aprovechados, demagogos y vividores del Estado que buscan ampliar más sus beneficios y amaños, lo cual golpea directamente los planes serios de desarrollo. Los retos de seguridad, salud, infraestructura y educación quedan relegados o incluso escamoteados. Luego surgen seudosalvadores regalando víveres y el engaño se recicla.


La percepción ciudadana es que las instituciones gubernamentales, pero también los partidos políticos, responden muy lentamente o no responden en absoluto a sus necesidades. Estos desencantos deberían reflejarse más en los votos y motivar una autocrítica; sin embargo, no faltan los extremistas que culpan a la democracia para reducir garantías, polarizar a la gente y facilitar la francachela, la represión y la censura. Basta ver la miseria de Venezuela, Cuba y Nicaragua para mostrar que las autocracias solo hacen más vertical la caída.


La ciudadanía tiene en la mano transformar el futuro, pero se lo quieren comprar con láminas, con disfraces de indumentaria local, con un almuerzo por ir a la actividad “proselitista”. Deberían sustituir el populismo por el compromiso serio conjunto: trazar públicamente un pliego de, mínimo, 10 compromisos con indicadores concretos en materia de desarrollo de Nación, que impulsarán gane quien gane, sin importar qué mayoría tenga el Congreso. De lo contrario, se repetirán los incumplimientos con manidas excusas.


El desafío no es solo de Guatemala. Perú eligió en segunda vuelta hace una semana y aún no hay ganador oficial. En Colombia hubo balotaje ayer y el oficialismo se niega a reconocer que sus errores se reflejan en el resultado. Sin civismo, la política es una carrera desbocada.

Politiqueros locales ya andan agitando las aguas turbias de la polarización, pero deberían abstenerse de usar esa arma explosiva, porque solo contribuyen al deterioro del Estado de derecho. Mejor que tracen una agenda mínima pero común de Nación. Algunos invocarán supuestos idearios y principios, pero nada de eso valió mucho la noche en que fueron capaces de ponerse de acuerdo para un autoaumento salarial que sigue siendo indigno e ilícito.

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