EDITORIAL
Por sus frutos se reconoce el árbol
La cuestión es muy simple: un gobierno da resultados buenos o malos. No excusas, no justificaciones, no endilgando culpas, no aduciendo causas tercerizadas. Como diría el compatriota guatemalteco Ricardo Arjona: “El problema no es el daño, el problema son las huellas”. Guatemala lleva arrastrando las huellas de la corrupción, de la ineficiencia, la incapacidad y los pactos oscuros con afán de perpetuarse en el poder. Afortunadamente fracasan en su despropósito debido a la evidente necedad bíblica de sus pretensiones. Lo lamentable es que exista una secuencia de estafas politiqueras, cada vez con mayores ínfulas e incluso aires de supuesta religiosidad.
A las puertas de un nuevo período gubernamental y legislativo, es necesario que las autoridades entrantes se den cuenta de la gravedad del estado del país, de la imposibilidad de pasar un nuevo cuatrienio de mediocridad, y de la obligación moral, legal y política de asumir una actitud de estadistas y no de mandaderos ni de aprovechados o saqueadores, ni de allegados, porque eso es lo que denotan todos aquellos y aquellas que siguen atentando contra el relevo de autoridades.
Guatemala necesita de políticos en el mejor sentido aristotélico, de líderes íntegros, de servidores públicos que en verdad cumplan con la descripción de tal cargo. Estamos en la segunda década del siglo XXI y no en el siglo XIX, cuando las reyertas entre dos bandos intolerantes se trajeron abajo los planes de alfabetización, el desarrollo visionario de infraestructura y la configuración de una república democrática e incluyente. Guatemala necesita de verdaderas rutas de competitividad, de desarrollo tecnológico y perspectivas de mejora constante. Para eso tiene una inmensa riqueza ecológica, una cantera de inteligencias en la niñez-juventud, un pueblo laborioso, honrado y de fe que se faja a diario para llevar el pan a la mesa. No merece que unos cuantos gamberros, a la sombra del poder, se sirvan con la cuchara grande de la impunidad, el abuso y la discrecionalidad.
La nueva legislatura tiene la oportunidad de dejar atrás riñas desfasadas y miopes. El nuevo Ejecutivo goza de las expectativas que han tenido anteriores gobiernos, que han optado por defraudar a la gente que les apoyó como consecuencia de sus conflictos de interés, favoritismos y deudas electoreras. La desnutrición aumentó, la inseguridad amenaza con incrementarse, el avance del narco y del crimen organizado está a la vista en videos virales, la salud está a merced de apagones debidos a vergonzosos tratos y contratos. Es obvio que no se puede seguir por tal derrotero del desastre.
A lo largo de la campaña electoral del 2023 e incluso durante la gravísima crisis política de asedio a la democracia tras la primera vuelta hubo frecuentes invocaciones religiosas por parte de personajes políticos, candidatos y ciertas autoridades. Pero lo que confirma la veracidad o falsedad de tales discursos son las acciones. Toda persona puede proclamar su credo, sus ideas, sus postulados partidarios, pero ello solo tiene validez si se concreta en trabajo tendiente al bien común, el fomento de la unidad nacional, el apoyo a los sectores más desfavorecidos sin trasfondos politiqueros ni agendas egoístas. A una semana del relevo en el Legislativo, el Ejecutivo y las municipalidades, es tiempo de dejar las apariencias y pasar a las acciones. Al fin y al cabo, por sus frutos se reconoce el árbol.