Editorial

Tesoro agotable

Existen modelos virtuosos de cuidado comunitario en el país que deberían dar pie a políticas públicas integradas.

Guatemala ha maravillado a millones de ojos con sus paisajes; sigue sonando en el recuerdo de presenciar rituales ancestrales, cantos de aves o cascadas de idioma ininteligible pero universal; el aroma de sus frutas y flores, incienso de procesiones o fragancia de bosques nubosos han quedado guardados en incontables memorias de visitantes, locales y extranjeros. Ya que hacemos recorrido por los sentidos, no puede faltar el gusto de su fascinante gastronomía. Publicaciones, expertos e influenciadores exploran y expresan maravillas sobre destinos turísticos icónicos, y también de lugares que han tenido menos difusión, pero están cargados de encanto natural, histórico y cultural.


Cada 27 de septiembre se conmemora, desde 1980, el Día Mundial del Turismo, como un ejercicio de valoración de entornos, así como de comunidades, de paisajes y personas. La industria turística se enfoca en experiencias sensoriales del visitante, pero también representa una oportunidad para la generación de oportunidades económicas para los pobladores de los destinos. Eso ocurre aquí y en cualquier país.
Pero Guatemala cuenta con una incomparable riqueza debido a su variedad de microclimas. En recorridos de menos de cien kilómetros se puede pasar del bosque nuboso a parajes semidesérticos, de templos coloniales silenciosos a mercados llenos de bullicio, artesanía y tradición; de playas a cumbres volcánicas, incluyendo aquellas en las cuales hay un lago sobre antiquísimos cráteres.


Pero —y aquí viene la desagradable contradicción— la falta de políticas ambientales, la negligencia de muchas gestiones municipales y también la impunidad están destruyendo joyas naturales y culturales en todo el país. Los ejemplos abundan y por eso son una vergüenza. El lago de Atitlán, un ícono mundial de la belleza de Guatemala, lleva décadas recibiendo una creciente cantidad de desagües que están deteriorando aceleradamente la calidad de sus aguas. Se excusan las alcaldías en la falta de recursos para construir plantas de tratamiento, pero es una justificación inválida, porque de ese lago depende la economía de sus vecinos. El volcán de Acatenango, una escalada emocionante para acampar o poder contemplar el vecino coloso de Fuego, tiene senderos y cuencas llenos de basura que no sale sino de visitantes inescrupulosos. Peor aún, se llenó de alojamientos ilegales que no aportan nada a la conservación, pero sí al deterioro. Muros coloniales de Antigua Guatemala están infestados de grafittis hechos con marcadores, lápices o instrumentos punzantes, con nombres y mensajes que son una afrenta a la inteligencia y una amenaza a la conservación, porque siguen aumentando. Ignorancia. Indolencia. Deshonra del correcto concepto de turismo.


El Instituto Guatemalteco de Turismo ha hecho muy buenas campañas e iniciativas para promocionar al país en el extranjero, pero se trata de un tesoro agotable si no existe una gestión integral de cuidado, conservación y educación. Es una tarea de múltiples estamentos gubernamentales que no debe quedar varada en los intersticios burocráticos, porque se trata de un compromiso de vida o muerte. No es exageración. Existen modelos virtuosos de cuidado comunitario en el país que deberían dar pie a políticas públicas integradas. Mientras tanto, este es otro día más de desagües llegando a lagos hermosos que un día no lo serán.

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