EDITORIAL

Un cáncer, una traición y una sentencia

Quien se cuela en una fila de supermercado o quien paga para que le den el lugar de adelante en una oficina pública, quien rebasa contra la vía en lugar de hacer la fila en una carretera transitada, quien tramita una licencia de conducir sin pasar por el debido examen o quien para acelerar un trámite cree que tener dinero es una especie de salvoconducto que le exime de las obligaciones ciudadanas, esa persona es corrupta aunque no lo quiera aceptar.

Lo mismo puede decirse de quien a sabiendas de una prohibición por razones sanitarias organizó una fiesta a escondidas o aquel que mete a un menor a una exhibición de cine fuera de su clasificación; quien se lleva de su centro de trabajo hojas, bolígrafos u otros materiales para un uso ajeno o quien busca un título profesional por otra vía que no sean los desvelos y exámenes, se coloca con su libre albedrío en la esfera oscura de la corrupción.

Quien en virtud de alguna relación familiar o de amistad con otra persona que ocupe un cargo público, ya sea a nivel municipal o de gobierno central, busque cualquier beneficio, prebenda, exención de obligaciones o simplemente un “empujón” que suponga una ventaja desleal, califica automáticamente, sin necesidad de más estudios ni exámenes, en el nada selecto grupo de los corruptos.

Mucho se ha escrito sobre el origen, evolución, expansión y descontrol de las prácticas de corrupción a lo largo y ancho de la historia y la cultura guatemalteca. No faltan defensores cínicos, regularmente afines con sectores intolerantes a la cuentadancia equitativa, cuyo argumento más fuerte es que se trata de un mal de muchos -y, por ende, es consuelo de tontos-.

Hasta fundaciones hay dedicadas a atacar con argucias, epítetos ideológicos y bombardeos legalistas a los funcionarios que a pesar del río revuelto por la codicia se han dado a la tarea de aplicar la ley, buscar esas cuentas que no cuadran y procesar a exfuncionarios de todo nivel que se creyeron muy listos, tanto como para esquilmar al mismo pueblo al cual ofrecieron planes de desarrollo.

Los guatemaltecos han atestiguado un grotesco desfile de mecanismos para saquear el erario: obras sobrevaloradas, proyectos que se pagan y nunca se erigen, licitaciones a cambio de una tajada del costo, contrataciones de empresas de familiares o prestanombres; sobreprecios en compras, plazas fantasma, falsas reparaciones de vehículos, sustracción de medicinas, colocación de allegados con perfiles mediocres en cargos públicos donde solo quedan en evidencia. Y la lista lamentable continúa.

Los daños son tan grandes que la corrupción no se puede comparar más que con un cáncer que, en efecto, siega vidas a diario: el paciente que muere en un hospital sin insumos, el niño desnutrido que no recibe asistencia alimentaria a tiempo, la empresa que quiebra porque se niega a pagar la coima exigida por un diputado venal, los campesinos que sacan a pie sus productos porque la carretera nunca se construyó.

Sí, la corrupción es asesina, ladrona, secuestradora de futuros. Pero siempre empieza en pequeño, con excusas y hasta justificaciones lógicas. Su primer freno: los padres que con su ejemplo enseñan a sus hijos el valor de la honradez, de la decencia, de la probidad. Su última barrera: las rejas de una prisión que tarde o temprano llega para quienes traicionan de forma tan abyecta a su país.

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