EDITORIAL

Una misión desafiante en un país de fe

En una nación profundamente religiosa como Guatemala, los líderes de iglesias tienen un importante peso en el acompañamiento espiritual y ético de quienes asisten a alguna comunidad, ya sea católica o evangélica. Aunque se trata de un papel preponderantemente espiritual, existe un importante compromiso para la vida práctica, como ejemplo de valores y consuelo ante la adversidad.

A pesar de la salida de integrantes hacia otras denominaciones cristianas, la Iglesia Católica guatemalteca mantiene un papel significativo en la vida pública del país, sobre todo a causa de la unidad y obediencia de todas las diócesis y arquidiócesis a la autoridad del Papa. Francisco designó en julio último al jesuita Gonzalo de Villa y Vásquez como nuevo arzobispo metropolitano de Guatemala, quien tomó posesión ayer de la arquidiócesis, después de más de dos años de espera bajo la dirección del administrador apostólico monseñor Raúl Martínez.

El arzobispo de la capital ha tenido por tradición una posición de cierta preeminencia y una exposición pública constante. Justamente en ese contexto es valioso el pronunciamiento del nuevo arzobispo De Villa durante su homilía: “Se espera del arzobispo una palabra de aliento pero también de cuestionamiento, de denuncia sin manipulaciones de ningún sector. Darle peso a la palabra significa no prodigarla en la vida pública pero tampoco quedarse callado ante situaciones que ameritan denuncia o llamado a la reflexión, con nombres propios en ocasiones, dirigidos a toda la sociedad en otras”. Esto es especialmente significativo si se toma en cuenta que él también preside actualmente la Conferencia Episcopal de Guatemala, que aglutina a todos los obispos.

Por otra parte, siguiendo enseñanzas previas del papa Francisco, por cierto también jesuita, el arzobispo De Villa aclaró que la Iglesia no es una ONG pero que es parte importante de su misión la búsqueda del bien común; que no es guardiana de tradiciones y manifestaciones externas, pero que estas deben ir ligadas a la evangelización y la coherencia de acciones. La Iglesia tampoco es, según acotó en su alocución, un tribunal moral o una fuente de poder, sino una misión de anuncio del evangelio de Jesús con un espíritu de misericordia, caridad y esperanza.

Es oportuno y valioso el llamado vehemente del nuevo arzobispo a no ignorar los problemas de pobreza, desnutrición y corrupción. Los mismos se han prolongado por décadas sin que políticos, candidatos y sucesivos gobernantes —muchos de los cuales incluso hacen invocaciones religiosas— hayan logrado estructurar y dar continuidad a una agenda de desarrollo nacional. Por el contrario, han esgrimido argumentos fundamentalistas para exacerbar la polarización cuando les conviene e incluso fomentar un maniqueísmo perverso cuyo síntoma más evidente es la recurrente estrategia de descalificación sin bases sólidas.

Comienza el camino para el vigésimo arzobispo de Guatemala, si se parte de la elevación a arquidiócesis en 1743, o para el titular número 37 si se contabiliza toda la sucesión desde Francisco Marroquín, en 1534. Cada época tiene desafíos pastorales y cada país posee sus particularidades. La multiculturalidad y plurilingüismo son parte del alma guatemalteca y por ello es significativo que De Villa pronunciara parte de su mensaje en kaqchikel, uno de los idiomas predominantes en la diócesis de Sololá y Chimaltenango, que dirigió por 13 años.

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