EDITORIAL
Una sola bandera
Esa bandera de cielo y nube, de mar y espuma, de realidad y sueño, de aire y tierra, de azul y blanco, realidad y anhelo, dura historia y renovada ansia de futuro es la que ondea sobre un suelo plagado de necesidades, carencias y tragedias, pero también de esperanzas, alegrías y flores. Mañana, 17 de agosto, se conmemora el Día de la Bandera. Será, a diferencia de años anteriores, a causa de la pandemia, una ocasión silenciosa en tantas escuelas donde normalmente se celebraba un acto cívico con la concurrencia de alumnos, padres y maestros. Pero eso no impide honrar su más profundo significado.
Lejos de cualquier polémica polarizante o discurso que exacerbe radicalismos desfasados, es necesario exaltar y promover la unidad representada por este emblema nacional. Al igual que la patria a la cual representa, por esa bandera han pasado campeones deportivos, líderes, intelectuales de gran valía, educadores, estudiantes destacados, emprendedores tecnológicos, promotores de proyectos de desarrollo, ciudadanos de servicio y testimonio, pero también funcionarios indignos, negociadores corruptos, farsantes con piel de candidato y politiqueros con ínfulas de estadista que solo buscan las prebendas legales de cargos de elección para actuar con un halo de impunidad, lo cual no les hace ni un ápice más dignos ni menos responsables del subdesarrollo, las malversaciones, los tráficos de favores, los cobros de comisiones ilícitas y, en general, de la ineficiencia del Estado a causa de sus despropósitos.
Azul y blanco representan el ideal de institucionalidad y estado de Derecho, constituyen la alegoría de tantos objetivos concretos: mejoras en salud y educación, la superación definitiva de las vergonzosas cifras de desnutrición, la certeza de justicia imparcial, con un sistema de magistrados electos sin injerencia de terceros interesados en medrar y distorsionar ese deber republicano.
Cada padre de familia debe encontrar el momento para exponer a sus hijos el significado de la bandera y de la dignidad de ser ciudadano. De ser posible, debe colocar una, sobre todo, por estar el país a las puertas de comenzar conmemoraciones del bicentenario de Independencia, efemérides que puede ser el inicio de una renovación institucional.
Hace un lustro se revitalizó el uso de la bandera como un reclamo de transparencia y cumplimiento de la ley, como una toma de postura ética y una afirmación cívica. Las banderas de tela o plástico, impresas en papel o en prendas, pequeñas o grandes, atadas a una elegante asta o a una vara de bambú refrendaron su simbolismo. Nuestra bandera sigue siendo un gran unificador, una invitación a resolver diferencias y marcar objetivos comunes. Guatemala es una dentro de su pluriculturalidad y multilingüismo. El mismo cielo cobija objetivos que pueden parecer dispares pero que confluyen en metas: la necesidad de ser económicamente viables, competitivos y capaces de resolver problemas de forma pacífica, pero también el llamado de ser más solidarios, más hermanos, más empáticos. más conscientes de las duras lecciones que ha dejado la historia, capaces de poder responder también al llamado de esas pequeñas banderas blancas que dejó la pandemia.