Editorial
Vidas con arte
Lamentablemente, la formación artística no necesariamente ha sido una prioridad a lo largo de los gobiernos
Guatemala es un país de artistas: desde los grandes nombres que han rebasado fronteras hasta los semilleros que están en las escuelas, y no nos referimos solo a las escuelas de arte, sino a los planteles educativos, en los cuales nunca faltan niños y niñas con habilidades notorias para la expresión visual, escrita, musical, dramática o coreográfica. No es que necesariamente vayan a convertirse en artistas de profesión, pero, sin duda alguna, el cultivo de la sensibilidad estética forma parte de la personalidad de una nueva ciudadanía, tan necesaria en tiempos como los que vivimos.
Así como un almácigo, muchos de esos retoños florecerán como bailarines, compositores, poetas, actores, dramaturgos, cantantes, pintores, diseñadores y más ramas de creación. Pero, lamentablemente, la formación artística no necesariamente ha sido una prioridad a lo largo de los gobiernos; de ser así, habría más escuelas de artes plásticas, danza o teatro; más conservatorios, no solo para descentralizar, sino para cristalizar las identidades regionales y multiculturales en nuevas expresiones.
El próximo 27 de octubre se conmemora el Día del Artista Nacional, en recuerdo de la tragedia aérea ocurrida en esa misma fecha, pero de 1951, cuando un avión DC-10 se estrelló a los pocos minutos de haber despegado del aeropuerto de Flores, Petén, en donde varios artistas se habían presentado. Fallecieron los tripulantes de la nave y 25 artistas, de lo más granado de aquella época, entre músicos, actores y locutores, incluyendo al célebre compositor Paco Pérez, autor de la inmortal pieza Luna de Xelajú.
En 1981, por decreto legislativo 39-759, quedó instituido el 27 de octubre para evocar la memoria de aquellos talentos, y también para reconocer y celebrar a sucesivas generaciones de mentes y acciones creativas que siguen reinterpretando realidades, reinventando lenguajes, reconfigurando significados. Porque el arte es precisamente eso: encontrar nuevas vías para conectar los más altos valores, plantear nuevos linderos para la belleza, reflejar las contradicciones personales y denunciar difíciles situaciones humanas mediante la luz, las sombras, el color, los sonidos y también el silencio.
Fomentar las artes no requiere únicamente grandes presupuestos, sino más bien voluntad, no solo de las autoridades, sino también de los ciudadanos, los comités de padres, los voluntariados, las iglesias, los planteles privados. En estos tiempos en que a menudo se debate sobre los desafíos de la inteligencia artificial, es más necesario que nunca fomentar la confianza infantil y juvenil en la capacidad de crear: no con algoritmos o reciclajes de información, sino con el alma, la ilusión, el sentimiento, la fe, la empatía y la fragilidad, que son verdaderas potestades humanas irrepetibles.
Es de valorar las iniciativas de casas de la cultura, organizaciones no gubernamentales, empresas e instituciones privadas, algunas municipalidades y también universidades que ofrecen talleres y acercan la creación a más personas. Porque el arte y el artista no solo enriquecen el acervo cultural de la Nación: también son guardianes de la memoria, portadores de altos valores y visionarios de una sociedad más creativa, porque ante circunstancias como las que afronta Guatemala, se necesita de más gente que piense distinto y propicie ideas transformadoras.