EDITORIAL
Volcán de precariedades, lahar de olvidos
“No nos olviden, estamos vivos”, es una frase que debería golpear conciencias de funcionarios.
Se dio por concluida la reciente fase eruptiva del volcán de Fuego, se reduce el nivel de alerta en la región circundante, disminuyen las tareas de emergencia y previsiblemente volverán a quedar en el alud del olvido burocrático las necesidades de más de 14 mil guatemaltecos que habitan unas 25 comunidades en las faldas del coloso, que no tienen otro lugar a donde ir y que seguirán enfrentando dificultades que podrían asustar a los foráneos, pero para ellos es desafío cotidiano. Viven a la par de un vecino impredecible, a merced de sus ciclos eruptivos y están muy bien organizados para efectuar evacuaciones hacia albergues, tal como ocurrió esta semana. No era un simulacro; era una lección de civilidad apoyada por autoridades de prevención.
“No nos olviden, estamos vivos”, es una frase que debería golpear conciencias de funcionarios que podrían hacer mucho más por estas comunidades, cuyo mayor riesgo es estar a merced de un volcán de abandonos, olvidos, trabas burocráticas e indiferencias políticas. Lo dijo don Hermelindo, un poblador sexagenario que ha coordinado los esfuerzos de los vecinos, financiados mediante colectas entre ellos mismos, para la construcción de cinco puentes sobre los ríos que en cada invierno dejan aisladas a las comunidades. Las bases de una de estas estructuras desafían a la corriente, pero sobre todo, a la indiferencia estatal.
El volcán de Fuego es estampa turística para unos, espectáculo majestuoso para otros y no faltan incluso videógrafos virales como esos que pocos días antes de las atronadoras explosiones caminaban —con más suerte que cerebro— por una de las barrancas donde ahora desciende material piroclástico. Pero para Hermelindo y pobladores de las comunidades no se trata de una visita, sino de la vida misma.
Las aldeas Morelia, Santa Sofía, Panimaché 1 y 2, El Yucal, Sangre de Cristo, El Porvenir, Las Lajitas, La Rochela, Ceylán, El Zapote, La Trinidad y otras más son el hogar donde han crecido y sobrevivido, no solo a los elementos, sino a la indiferencia de las autoridades. De acá salen pobladores a trabajar a diario, atravesando los ríos grises sin saber si por la tarde estarán crecidos y tendrán que usar “la canasta”, un funicular artesanal con capacidad máxima de cuatro personas, mediante el cual atraviesan la correntada. Como alternativa están construyendo el puente, con sus propios recursos.
Este esfuerzo de unión comunitaria pone en vergüenza y en evidencia a toda la clase política, porque nadie les pone atención, excepto durante las emergencias y solo en forma paliativa. “Esto es de todos los años”, dijo Hermelindo a Prensa Libre y Guatevisión. “Unos mil pobladores han aportado su granito de arena para construir este puente. Nuestra necesidad es latente. Solo nosotros que vivimos aquí lo sufrimos y lo padecemos en carne propia. Pedimos a quienes tengan alguna disponibilidad como para hacernos llegar una bolsa de cemento, una varilla de hierro; cada aporte cuenta”. Esa última frase exhibe de pies a cabeza la indolencia de sucesivos diputados y gobernadores de Escuintla, Chimaltenango o Sacatepéquez, así como a administraciones municipales que confluyen en la falda del Fuego.
Después de la tragedia del 3 de junio de 2018, hubo numerosos “estudios”, “análisis” y hasta “proyectos” para mejorar la vida de las comunidades. Funcionarios podrán excusarse en la vulnerabilidad de los suelos o en las crecidas constantes, pero Guatemala no es el único país volcánico del mundo y en otras naciones hay infraestructuras para, al menos, asegurar una conexión vial. Finalizamos con la frase: “Recuerden que estamos vivos”.