EditorialEl recuerdo de la gesta octubrina
Conforme pasa el tiempo la Revolución de Octubre, que cumple hoy 57 años, se va adentrando en la historia nacional como el suceso más importante del siglo pasado, que hizo ingresar a Guatemala en la modernidad y significó un avance significativo y casi increíble por sus efectos y por la forma como fue realizada.
Esta gesta nacional puede ser analizada desde dos perspectivas contradictorias: una positiva, por la cual cada vez adquiere más importancia y más valía, por las razones antes apuntadas, y una que podríamos llamar negativa, que se fija sobre todo en la trágica interrupción de muchos de los avances logrados, así como de que el paso del tiempo hizo que esos logros descendieran en el aprecio popular porque se dieron por descontados por las nuevas generaciones.
A todo esto se debe señalar que debido a las circunstancias imperantes en Guatemala, donde se desarrolló uno de los teatros de enfrentamiento más prolongados de la historia de la Guerra Fría, el tema de la Revolución de Octubre prácticamente fue eliminado de los programas de estudio, porque no fue posible por demasiado tiempo aislar las consideraciones puramente ideológicas y políticas ante el derecho de los guatemaltecos de tener versiones reales, equidistantes y objetivas de los hechos internos y del ambiente mundial inmediatamente anterior y posterior al fin de la Segunda Guerra Mundial, donde los aliados de occidente cambiaron en forma total.
Pasadas casi seis décadas de este acontecimiento, y ante la realidad política actual de Guatemala, la Revolución de Octubre debe ser analizada con base no sólo a sus grandes logros, sino a los valores intrínsecos que estuvieron en la mente y el corazón de quienes la hicieron realidad, todos hombres y mujeres cuya edad no sobrepasaba de 30 años en la mayoría de los casos.
La Revolución de Octubre fue una gesta, una acción épica, porque el gran protagonista fue el pueblo, y quienes tomaron las riendas del movimiento, el ciudadano Jorge Toriello Garrido y los militares Jacobo Arbenz Guzmán y Francisco Javier Arana, pueden y deben ser ser considerados como una especie de ?primeros entre iguales?.
Decir esto, con el panorama actual del país, parece una utopía, o una simple mentira, porque los hechos posteriores, sobre todo los ocurridos después del inicio de la nueva etapa de los regímenes democráticos en 1895, han provocado una actitud de molestia y de decepción ciudadanas generalizadas.
Es importante señalar los valores de la Revolución de Octubre porque sus participantes fueron guatemaltecos comunes y corrientes, pertenecientes a todas las clases sociales y con todos los niveles educativos. Eso debe servir de inspiración para quienes intentan, con su participación activa en la solución de los problemas nacionales, cada quien en su trinchera, contribuir a heredar a sus hijos un mejor país.
Ciertamente, Guatemala y el mundo eran distintos hace 57 años. Pero los valores han permanecido inalterables a través de la historia de la humanidad, y por eso sólo deben ser desempolvados cuando se pierden. La Revolución de Octubre, como se ha dicho tantas veces, merece ser conocida, apreciada, admirada y sobre todo comprendida, porque marcó un hito en la historia de Guatemala y afectó para siempre la vida tanto del país como de todos y cada uno de los guatemaltecos.