EditorialNegación plausible y confrontación

Mansedumbre, benevolencia, benignidad. Estas son tres virtudes que sumadas a la transparencia personal y a la honradez en el desempeño de las obligaciones, se requieren como la última y más reputada medicina para un país en donde las esferas oficialistas transpiran corrupción por los cuatro costados.

Guatemala es con el eferregismo campo de ensayo de la doctrina de la negación plausible, muy socorrida a lo largo de la historia por los políticos que, encima de que cometen errores o abusos garrafales, los niegan con vehemencia y demandan que el mundo encomie sus actos.

La negación plausible la usó magistralmente Joseph Goebbels para negar las atrocidades nazis en los campos de concentración e invocar elogios para la infamia que exhibían como un proceso de regeneración humana y el delirio de grandeza de Adolfo Hitler.

La doctrina también estaba en boga en 1963, cuando fue asesinado el presidente John F. Kennedy. Inspirado en ella, el magnicidio fue manipulado hasta niveles que con el paso del tiempo lo oscurecen aún más.

En los años ’80, la abrazó en el país la propaganda del Ejército luquista y riosmontista, que reprimía mientras una tonadilla lastimera y compasiva a favor del soldado llamaba a ponderar su arrojo por la Patria.

En este régimen, ante el rechazo ciudadano a la corrupción, la improvisación y a las medidas casuísticas, se apela a aquella doctrina para negarlo todo, y se la enriquece con arranques de confrontación e ira, para cerrar el paso al diálogo con la oposición y la sociedad, porque se considera que éste abre el camino para escuchar reclamos.

Por eso a nadie en el Gobierno parece interesarle la actitud serena y la benevolencia, como manifestaciones de buena voluntad de ser amigable y hacer concesiones, y la benignidad, término que usaron hace dos mil años los escritores éticos griegos para describir a aquellas personas conscientes de que una actitud puede ser legal pero a la vez moralmente impropia, por lo cual estaban dispuestas a ceder derechos legales y no participar en lo malo.

Las actitudes de choque entrañan peligros para los políticos que las imitan, porque el hombre egocéntrico, orgulloso y agresivo no puede tratar a otros sin manifiesto egoísmo, mucho menos exhibir virtudes cívicas, fidelidad, buena voluntad, lealtad y deseo de servir, deseables en quienes hacen carrera del favor ciudadano.

Cuando como coraza ante la crítica el político endurece su corazón hasta el extremo de aborrecer, se apodera de él miedo e ira, en medio de rechazo y obstinación hacia la verdad. Aflora entonces la actitud fatal de crueldad insensible hacia quienes usó para escalar el poder. El elector extraña entonces a aquel candidato bonachón y querendón, transformado ahora, en las alturas, en intolerante, insolente y bravo, para dar la apariencia de poderío y fortaleza, de modo que nadie ose reclamarle desaciertos.

Esa actitud hostil imitada entraña el riesgo de que lleva al político a un punto en que no hay marcha atrás, porque los cimientos de ese mecanismo de defensa los ha fundido en su propia mezcla.

Indefectiblemente, esa actitud ruda hacia la verdad, resulta en dureza hacia todos los ciudadanos.