EditorialTiempo de amar y perdonar
La irreductible propensión mercantilista de la Navidad no debe hacer olvidar a los verdaderos cristianos el significado del único nacimiento virginal en la historia humana, por el cual Jesucristo, el Hijo de Dios preexistente, tomó la naturaleza humana para cumplir con el propósito de salvación.
Hace más de dos mil años, cuando el nacimiento virginal como supremo acto divino tuvo lugar en Belén, hubo gran alegría en el cielo y buenas noticias para el mundo, porque Cristo, que significaba en griego El Ungido, vino para cumplir el plan redentor de Dios de proveer perdón al hombre.
Las iniquidades humanas eran tantas, que no era la voluntad de Dios una reconciliación directa. Por eso envió a su hijo para servir de mediador entre El y aquella naturaleza pecaminosa.
El cumplimiento de esa misión significó para Jesús un sacrificio expiatorio, que es medio de salvación eterna para quien se arrepienta y crea. No hay amor más grande que dar la vida por otro, por lo que su muerte en la cruz para prodigar salvación eterna, es una manifestación de que su naturaleza es amor, y como el amor es en sí un acto de relación dual, el Hijo del Hombre -como Cristo solía calificarse a sí mismo- demanda de los seres humanos una relación eterna de amor.
Pero el amor es un elemento esquivo en todo el universo. Por ejemplo, en Guatemala está bajo el acoso del odio, la confrontación, la impiedad, el lucro desmedido y la insensibilidad de los poderosos por las necesidades de los humildes y los marginados.
La Navidad no pasa de ser, en consecuencia, un pretexto de derroche, si no se cree con firmeza en la encarnación divina de Cristo y de que fue enviado a la tierra como el único mensajero de Dios para redimir al ser humano en cualquier tiempo y circunstancia.
Esto quiere decir que no hay en la misericordia de Jesús ningún pecado que no pueda ser perdonado. Por eso los guatemaltecos y la humanidad entera tenemos en El al único Profeta y Sacerdote Divino que intercede por nosotros ante el Padre Eterno.
El apóstol Pablo dijo en una ocasión, refiriéndose a los gentiles, que con la presencia de Cristo en nosotros Dios quiso darnos a conocer la riqueza y esperanza de su gloria. Este gran servidor de Jesús nos exhorta a que El ?habite por la fe en nuestros corazones, para que arraigados y cimentados en amor, seamos plenamente capaces de comprender con todos los santos la anchura, la longitud, la profundidad y la altura de su amor, que excede a todo conocimiento, para que seamos llenos de la plenitud de Dios?.
Esta época de buenos augurios es propicia para reflexionar en torno a nuestro compromiso con la fuente de la verdad eterna y para que sus enseñanzas se traduzcan en prácticas de amor, perdón y reconciliación. Es la única opción que le queda a un país que ha vivido confrontado.
No importa con que nombre el guatemalteco identifique al Niño de Belén: Siervo, Señor, Sumo Sacerdote, Hijo de Dios, el Verbo, Profeta, Salvador, El Justo, el Santo, Rey Divino, o Supremo Juez. Lo importante es que more en cada corazón y que su presencia se traduzca en amor, así como él amó hasta el extremo de ofrendar su vida.