EDITORIAL

El jolgorio parlamentario

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El generalmente díscolo diputado Fernando Linares Beltranena, en un nuevo acto de iluminación, pretende que el Congreso de Guatemala anule la prohibición al transfuguismo, con el argumento de que es una limitación discriminatoria cuando alguien no se siente cómodo en un bloque legislativo.

En esencia, el argumento es correcto, pero ocurre que en Guatemala el transfuguismo se ha convertido en una práctica viciada, como consecuencia de que el cambio de bancadas ha sido motivado por ambiciones pecuniarias y por eso reincidente, lo cual nada tiene que ver en la mayoría de los casos con el debate de grandes iniciativas en las que se produzca un saludable juego de ideas.

El transfuguismo en nuestro medio tiene una negra historia, cuya vinculación más determinante empieza con los caciques de los partidos porque son quienes han prostituido el ejercicio parlamentario, al ser los primeros en comprar diputados para fortalecer sus bancadas, con miras a la aprobación de normas oscuras para hacer jugosos negocios, como los casos en los cuales literalmente se producen leyes a la medida de quienes pueden pagar por ellas, como registra nuestra reciente historia parlamentaria.

El segundo modelo surge cuando los diputados son los interesados en arrimarse a bancadas más grandes, cuya mayor influencia crece precisamente cuando llega la discusión de iniciativas cargadas de intereses y el olor a coima o mordida los hace unirse a grupúsculos de mayor influencia, lo cual tampoco tiene nada que ver con la defensa de intereses colectivos o de las comunidades a las que dicen representar, sino con negociaciones de otra naturaleza.

Esa ha sido la gran diferencia entre el transfuguismo guatemalteco y el de otras latitudes, principalmente el de Estados Unidos, donde también la historia reciente registra grandes mutaciones, como fue el caso de Ronald Reagan o el de Donald Trump, quienes al no encontrar espacio en el Partido Demócrata optaron por migrar al lado republicano, donde lograron trascender y hasta alcanzar la Presidencia.

Sin embargo, la nuestra es una historia de traiciones, marcada por la ambición y el ansia de poder, como ocurrió al inicio de la actual legislatura, cuando sabiamente la población había dejado con un número simbólico de diputados al partido oficial, para no avalar con su voto el surgimiento de aplanadoras, y eso marcó la marginación de los once oficialistas.

Ante la pérdida de influencia y de poder en comisiones y en la misma junta directiva se prepararon para el siguiente año y fue cuando se registró la última gran ola de transfuguismo del actual periodo legislativo, donde la mezcla de intereses terminó convirtiendo al oficialismo en una de las bancadas mayoritarias, pero llena de tránsfugas impresentables, marcados por el sello de la venalidad.

Ante un panorama tan desalentador en el Congreso es que resulta contraproducente la idea de algunos diputados de eliminar la prohibición al transfuguismo, porque solo lo están haciendo en beneficio propio o con miras a perversas negociaciones, o como palancas de presión hacia otros funcionarios.

En todo caso, el Congreso debería esforzarse por enviar un mensaje de madurez y de responsabilidad, con acciones convincentes que apunten al rompimiento con ese pasado de oprobio, en el cual el transfuguismo ha jugado un papel determinante en contra del interés común.