Invitados a la cena navideña

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La alegría como consecuencia de la presencia de quienes están floreciendo en la vida, o han comenzado hace poco a dar frutos, debe confrontarse con el recuerdo de quienes ya nos dejaron, pero cuya presencia la sentimos muchas veces a lo largo de los días, semanas, meses y años desde su partida a una presencia mejor, donde no se sufre, y a una altura desde la cual pueden observarnos a quienes quedamos.

ESTA NOCHE ESTAREMOS todos en la mesa, chimenea encendida con leña de encino, rodeados del olor de la manzanilla mezclada con el del pinabete, el de la pólvora de los cohetes, y el del tamal y ponche. Las risas de los niños, la ilusión de sus caritas viendo los regalos, nos transportarán a un sitio al cual llegamos todos los 24 de diciembre. Los abrazos de los adultos, la posibilidad de abandonar por un momento las penas y molestias de la vida cotidiana, serán el marco tradicional de un escenario familiar cuyo epicentro son tanto el guatemaltequizado árbol navideño, como el tradicional y multiculturizado nacimiento, en el cual puede haber toscas figuritas de barro chapín o elegantes estatuas en miniatura de los protagonistas del milagro de Belén.

YO HE DECIDIDO ESTE AÑO llamar a quienes he querido y ya no están. Pasaré un ratito con sus espíritus, cuya presencia he sentido tantas veces. Estaré con Matere, mi abuelita; con mi madre, María Inés; mis tíos Marti y Jorge, mis suegros don Ramiro y doña Violeta, mis primos Juan Carlos y Julio, mi hermanita Aura Marina, mi cuñado Rolando, mi sobrino Mario Roberto, mi cuñado Héctor Adolfo, mi querida Carmencita Leal, mi compadre Enrique Barillas, los inolvidables Ricardo Barrios Peña, Jorge Hernández y Blas Fernández… También sentiremos la presencia de nuestros hijos Gabriel y Pily y de nuestro nieto Juan Diego, cuya temporal ausencia nos hará pensar en los tamalitos navideños guatemaltecos fabricados en Madrid, llevados para la hogareña cena en medio del frío agazapado en las lejanas calles de Barcelona…

LA CENA NAVIDEÑA tiene particularidades especiales. Por su calidad familiar, tiene todo el bullicio de las fiestas familiares, el cruce de las conversaciones, el salir de la cocina al comedor y viceversa para llevar los tamales o las bocas para acompañar los brindis. Por ello, a la cena de este 24 de diciembre, en soledad o en poca compañía, de alguna manera le falta algo, y ello provoca la reunión de personas cuya vida transcurre, por cualquier motivo, en soledad. Deben existir, pero yo no conozco a nadie con la falta de espíritu navideño suficiente como para irse de manera voluntaria a acostar, sin un motivo de absoluta fuerza mayor. El bullicio de las doce de la noche de todos modos provoca sin lugar a dudas un despertar inevitable…

LA NOCHEBUENA DE este 2010 ha llegado como lo hacen todas: silenciosamente. Los últimos días previos han pasado de manera acelerada, y todos hemos caído, en mayor o menor grado, en el consumismo de los regalos por obligación. Pero todos, en un momento de esta fecha de amor y de paz, pensaremos en nuestro pasado y en quienes lo integraron. Es una buena fecha para descubrir los tiempos felices, aquellos lamentablemente no comprendidos como tales hasta haber sido muy tarde, talvez. Es una buena fecha para enviar buenos deseos a todos. Es una buena fecha para buscar un oasis en el cual encontremos el pozo de la cristalina agua de la comprensión y el perdón, aplicados, en primer lugar, a nosotros mismos.

ESCRITO POR:

Mario Antonio Sandoval

Periodista desde 1966. Presidente de Guatevisión. Catedrático de Ética y de Redacción Periodística en las universidades Landívar, San Carlos de Guatemala y Francisco Marroquín. Exdirector de la Academia Guatemalteca de la Lengua.