Catalejo

Izquierda y derecha son términos relativos

Mario Antonio Sandoval

El conocimiento y acuerdos sobre el significado de las palabras cuando son aplicadas a lo político, lo económico o lo social, resultan básicos para poder llegar a acuerdos. La torre de Babel hoy en día no solo consiste en el resultado de no comprender conceptos, sino de discrepancias acerca de ciertos vocablos. Al desaparecer estas, se cumple el viejo proverbio de “comprender un problema significa llegar a la mitad de su solución”. En el caso de los términos izquierda y derecha, actualmente en proceso de un renacer casi explosivo, el asunto se complica porque siempre deben relacionarse con términos de referencia. Así como calificar de alto a alguien resulta de la comparación de la estatura de los demás, ser de derecha o de izquierda necesita puntos de comparación.

En muchas ocasiones, los conceptos son los mismos pero difiere la forma de aplicarlos o realizar las acciones necesarias para aplicarlos. En este grupo se encuentra la democracia. Los sistemas capitalista y socialista difieren en esto y ello provoca discusiones y hasta confrontaciones sangrientas entre personas y países. Lo mismo ocurre con “bien común”, “derechos humanos” y “derechos individuales”, términos aun más difíciles de conciliar de lo aparente. El punto es aceptar sin complejos la existencia de estas diferencias, y a causa de la tecnología instantánea y multitudinaria de hoy, admitir la innegable realidad de conceptos de cada persona, según su distinto nivel educativo y posición dentro de la sociedad, resultado a la vez de varios factores: étnicos, psicológicos, entre otros.

Cuando alguien se define ser de derecha o de izquierda, y sobre todo cuando lo hace en términos de no serlo (“yo no soy derechista”, “yo no soy izquierdista”), casi nunca se da cuenta de afirmar algo según ideas no definidas. Cada quien tiene su criterio personal del significado de serlo o no serlo, pero al no explicarlo a los demás y también considerar innecesario hacerlo, complican el logro de criterios parecidos, coincidentes en algo o en mucho. Es como decir “yo soy bueno” o “yo no soy malo”. Peor aún, muchos consideran tiempo perdido dedicar cualquier lapso a exponer qué significa esto, qué incluye y por qué es bueno. No solo se trata de obedecer leyes, por ejemplo, sino de defender los principios y corrección de estas.

Cuando se califican como izquierdizantes o derechizantes los pensamientos o acciones de alguien, o sus decisiones, pero no se explica o siquiera dice el porqué y las posibles razones —algunas veces atendibles— todo se esfuma y cae en una especie de verdades de fe, de posiciones dogmáticas, por tanto basadas en la ausencia de la razón, de la meditación y del esfuerzo por comprender las razones, si las hay, de las posiciones contrarias asumidas por otras personas. No es fácil por ser complicado aceptar la posibilidad de aceptar errores propios y por ello el resultado más común es el de simplemente rechazar la posibilidad de confrontar ideas. Hace muchos años yo pregunté a alguien por qué se rehusaba a hablar con alguien de pensamiento distinto. “Porque me puede convencer”, fue la honesta pero lamentable respuesta.

Al enfrentar las ideas “izquierdosas” con las “derechosas”, es sorprendente encontrar tantas áreas de convergencia, lo cual no convierte a ninguno de los dialogantes en traidores a sus ideales —lo cual evidentemente puede suceder, si en vez de complementación se realiza, sin admitirlo, anunciarlo ni explicarlo, un cambio absoluto, un viraje de 180 grados—. Pero en ese caso, la explicación no se deberá referir a ser de derecha o izquierda, sino a aceptar diferencias en asuntos específicos, o en el cambio al significado de los términos. El reto es enorme, pero insoslayable, si en realidad se desea llevar al progreso de un país y por ello de sus habitantes. Es un cambio más cercano a la filosofía de las cosas y no a la acción política, razón por la cual el gran Platón, desde hace más de veintitantos siglos, desconfiaba de la idea y práctica de la democracia y daba el mando de la ciudad (es decir la polis) a los filósofos.