Catalejo

Jerusalem: mezcla de estupor y dolor

Mario Antonio Sandoval

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Mario Antonio Sandoval

Visitar Jerusalem es una experiencia única. Tiene una carga espiritual como ninguna ciudad en el mundo, porque es el lugar donde se entrecruzan tres de las religiones monoteístas más importantes del mundo. Caminar por las mismas calles donde lo hizo Jesús, ir al lugar donde nació, según la tradición, deja una huella indudable, aun en quienes no tienen una fe sólida. Pero también es sobrecogedor ver —como me tocó— un atardecer de noviembre con la luna llena saliendo por la parte trasera del Muro de los Lamentos, al lado de una de las mezquitas más importantes del mundo y a lo lejos la cruz de un templo cristiano. Es igualmente impactante pensar en los siglos de batallas y de sangre derramada por el control de esa ciudad milenaria.

La experiencia se complementa con entender la necesidad de mantener el sui generis estatus de Jerusalem, en el cual de hecho se acepta —aunque a regañadientes— la situación como está, en un ejemplo de ser mejor “una mala paz, que una buena guerra”, porque como consecuencia del radicalismo religioso-político de las últimas décadas, el riesgo de un baño de sangre inocente obliga a darle paso a la herencia histórica, con tal de no aumentar el número de víctimas mortales pertenecientes a cualquiera de las tres religiones mencionadas. Y ahora, a causa de la facilidad de comunicación humana, unida a la actitud fanática de algunos grupos, se convierte en una certeza la nefasta posibilidad de visitantes de todo el mundo súbitamente encerrados en dos fuegos de manera súbita.

Estas consideraciones salen a flote a causa de la decisión de Donald Trump de anunciar el traslado de la embajada estadounidense desde Tel Aviv a Jerusalem. Demuestra de nuevo la escasa capacidad de política internacional, saca a Estados Unidos de un papel de mediador, provoca una reacción muy firme en contra de la Unión Americana no solo del mundo musulmán, sino de Europa y le da alas a los grupos fanáticos y terroristas, deseosos de tener una excusa tan buena como la otorgada por la decisión presidencial. Por supuesto, los halagos recibidos provienen de personas cuyo análisis del complejísimo caso de la situación en el Medio Oriente, cuyas numerosas facetas impiden en la praxis política colocarse abiertamente en pro de alguno de los lados.

Estas reflexiones no implican un rechazo a Israel y apoyo a Palestina, así como muchos de quienes consideran justa la causa de los palestinos no necesariamente están contra Israel. El prolongado y cruel enfrentamiento de tantos años ha provocado acciones vergonzosas de ambos lados, y su contraparte de hechos heroicos. La alta dosis de fanatismo presente, aunque muchas veces sea inconsciente, a la hora de analizar y de opinar acerca de esta lucha, provoca la necesidad de no colocarse en la dicotomía de buenos y malos. Por ello deben ser aplaudidos todos los esfuerzos por lograr al menos una convivencia pacífica en esa zona del mundo y sobre todo en la Ciudad Santa. Lograrlo no es el resultado de colocarse abiertamente en una de las partes.

El caso actual de Jerusalem provoca estupor y dolor. Lo primero, porque demuestra torpeza causante de problemas a todos, especialmente a los grupos moderados, tanto judíos como palestinos. Una decisión individual para cumplir una promesa de campaña y así recuperar algo del prestigio interno perdido no puede ser más importante que el riesgo de las vidas inocentes. Es allí donde penetra el dolor. Solamente queda esperar el milagro de la ausencia de reacciones tanto locales como en las instituciones internacionales, aunque evidentemente sea tarde para dar marcha atrás: el Consejo de Seguridad de la ONU, en sesión de emergencia del viernes, fue el foro de serias críticas a Estados Unidos, talvez la primera víctima inocente de Donald Trump.