Catalejo

La enorme dificultad del perdón y del olvido

Mario Antonio Sandoval

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El perdón y el olvido son dos de los conceptos más difíciles de comprender y sobre todo de aplicar. En teoría, todos nos consideramos capaces de perdonar y de olvidar, pero luego viene la realidad de los casos concretos. El perdón y el olvido no pueden existir si no existe previamente alguna acción mala, molesta, cuyo efecto es al menos molestar, alterar, causar dolor, odio y rencor, entre otros sentimientos negativos del ser humano. Por tocar fibras internas tan sensibles, es una decisión eminentemente personal, a la cual se llega por un íntimo convencimiento. No se le puede exigir a nadie practicarlas pero tampoco criticar porque no lo hace. Y es muy válido preguntarse si ambos pueden existir separados. Perdonar sin olvidar y viceversa.

El tema ha sido motivo de consideraciones filosóficas y religiosas, los únicos campos donde se puede discutir. No se puede perdonar u olvidar porque alguna ley así lo ordene. Algunas veces, por razones distintas, se puede emitir una ley de perdón y de olvido, pero esto solo puede referirse a la decisión de castigar o perseguir los hechos de maldad cuya persecución puede llevar a situaciones peores. Hacerlo es una decisión éticamente aceptable porque busca el mal menor, en este caso el perdón, para no llegar al mal mayor, como la fractura social, el enfrentamiento entre grupos de la misma comunidad. La consecuencia de realizarlo es mejor, pero se necesita de la renuncia de alguien a un derecho. Esa es también una decisión eminentemente personal.

Creo necesario escribir sobre este tema por una serie de acontecimientos ocurridos en el país, entre los cuales el más reciente es el de los militares condenados por el secuestro y desaparición del adolescente Marco Antonio Molina, en 1981; es decir hace 37 años, cuando tenían puestos de alta jerarquía y mando en el ejército. Los familiares decidieron no perdonar ni olvidar y por ello llevaron el caso durante muchos años, hasta llegar a una sentencia de culpabilidad, cuyo principal efecto es darle a ellos la triste satisfacción de la justicia cumplida, pero aún les queda pendiente, como expresó la hermana, conocer dónde está enterrado. Desde la perspectiva de este artículo, nadie los puede criticar por haber tomado ese camino. Era su derecho y su convicción.

En el caso de los crímenes reportados hace casi dos décadas por la comisión respectiva, una de las razones por las cuales la proporción de los crímenes de Estado fue tan grande, es porque se debió a la decisión de olvido y perdón de los deudos. La mayoría de quienes fueron víctimas de las acciones guerrilleras decidieron no presentarse, porque no se consideraron preparados para repetir el dolor causado por los acontecimientos. No se les puede criticar por eso. Quienes hicieron lo contrario tampoco son criticables, y en este último caso cabe preguntarse la importancia de la actividad de búsqueda de castigo legal apoyada por organizaciones no gubernamentales financiadas por gobiernos europeos.

Como sociedad, cabe preguntarse, ¿se debe impulsar el perdón y el olvido? Sí, a mi juicio. Las etapas históricas oscuras deben ser superadas, como es el caso del conflicto armado —o guerra— interna de Guatemala. Pero hay otros ejemplos igualmente duros, de los cuales la Alemania nazi es el más notorio. El país y sus habitantes, 75 años después, ya han superado el trauma de la guerra y de las atrocidades hitlerianas, al punto de existir ahora organizaciones políticas con símbolos del oprobio. Es un parto duro, sin duda, pero el paso del tiempo debe ser utilizado como uno de los factores. A la mayoría de guatemaltecos, menores de 40 años, los hechos de la guerra significan distinto a quienes los vivimos siendo adolescentes y luego convertidos en adultos.