Catalejo

La fría soledad de la presidencia

Mario Antonio Sandoval

La presidencia es sola. Fría. No hay lugar para errores, y menos si son muchos y percibidos así por la población y los analistas, ya sean estos contrarios, de apoyo o de posiciones serenas por su equidistancia. Hay soledad porque no se le puede echar la culpa a asesores malos, incapaces, o tontos, pues el presidente es quien los coloca en sus puestos. Puede escucharlos, pero la decisión final es de él. Así se percibe y así debe ser. En el caso del presidente Jimmy Morales esa soledad se acentúa y se complica desde el viernes porque perdió a quien de hecho ejercía la presidencia. Ahora le queda pensar con lógica y mandar a su casa a quienes tienen mucha de la culpa por mal aconsejarlo: debe pensar en cómo actuar para mantenerse los 624 días faltantes de su presidencia.

Desde hace mucho se debe haber dado cuenta de lo ocurrido realmente: fue engañado por gente necesitada de apoderarse del poder, con ayuda de políticos marrulleros urgidos de un candidato conocido pero incapaz y sobre todo sin experiencia política. Ello lo hizo aceptar una evidente trampa, falsamente formada en el rechazo ciudadano a la vieja política y sobre todo a quien había ejercido dictatorialmente el poder detrás del trono. De esa realidad no podía salir nada bueno, y para ajuste de penas, buscó ayuda en quienes no debía: sus admirados sectores castrenses caducos y sus fuentes de inspiración religiosa. Mala y explosiva mezcla, como se comprobó luego, y porque el irrespeto a su cargo ha provocado lamentables insultos en su contra.

De los asesores militares obtuvo los criterios de chocar de frente con quienes pensaran distinto. Nada de estrategia, ni de táctica: choque ciego. De los asesores espirituales no católicos obtuvo la idea de ser instrumento divino para el beneficio del país. Ello explica sus lágrimas en público en un púlpito: su pena porque de alguna manera fuerzas del mal estaban actuando. Ahora, ninguno de esos grupos ha dado señales de vida: los primeros están prófugos o envueltos en juicios sobre temas familiares. Los demás simplemente voltearon la vista: no han dicho nada en su defensa, porque no hay defensa posible desde los púlpitos, a los cuales se acercó pese a haber sido advertido de no hacerlo.

Ahora, el presidente parece como si fuera una embarcación encallada, ya sólo en espera de torpedos o de bombas mortales e inmisericordes. Su influencia en el Congreso desaparecerá muy pronto. Su fracasada lucha contra el MP y la Cicig está perdida. Las declaraciones de Paulina Paiz y Andrés Botrán son dos de esos torpedos. Su “partido” es otro barco en similares condiciones y por ello y no le queda posibilidad de flotar. Sus declaraciones se cuentan entre sus peores enemigos. Ya no tiene a quién recurrir: ahora sólo le quedan algunos de los militares del FCN aun no prófugos ni esperando juicio. Debe quitarse la venda de los ojos y entender porqué han recibido tanta crítica los inexplicables nombramientos de la cancillería y de Ministerio de Gobernación.

Tampoco entiende la geopolítica, talvez ni siquiera el concepto. Las fotos muestran al mandatario cada vez más distanciado del representante estadounidense. Sus viajes anti CICIG no ayudan, ni sus gritos. Sus asesores le darán siempre los peores consejos posibles para alguien cada vez más desesperado, arrepentido de su pensamiento tan simplista acerca del significado de ser presidente. Algunos están pidiendo su renuncia. No es conveniente para el país. Debe mandar a la juntita a la calle; llamar personas capaces para opinar; aceptar el hundimiento de su partido; aceptar las consecuencias de haber recibido financiamiento ilegal; abstenerse de dar declaraciones orales, y pensar en sí mismo como el único responsable de estar metido en el laberinto del cual ahora le será tan difícil salir.