Si me permite

La identidad se cultiva

Samuel Berberián samuel.berberian@gmail.com

Archivado en:

identidad

“La identidad de un hombre consiste en la coherencia entre lo que es y lo que piensa.” Charles Sanders Peirce

Posiblemente muchas veces limitamos la identidad que tenemos a datos personales y el lugar de donde somos, pero podemos ignorar asuntos fundamentales de pertenencia, aceptación y una serie de detalles que nos identifican con un pueblo y con una región para explicar nuestra identidad.

Cuando entendemos nuestra identidad porque nos pertenece y tenemos que vivir con ella, muy fácilmente estaremos más claros de lo que podemos hacer, de la capacidad que tenemos para aceptar o rechazar algo que se nos pide hacer. Cuando estamos bien ubicados en nuestro medio simplemente porque ocupamos nuestro lugar y somos propositivos, entonces los que nos rodean entienden mucho mejor nuestras actitudes.

La vida muchas veces nos permite u obliga a cambiar el medio en el cual nos hemos formado, pero este cambio en ningún momento cambia nuestra identidad básica. Solo por el simple hecho de cambiar la ubicación donde vivimos o con el grupo que nos relacionamos, eso muy posiblemente nos capacita en poder adaptarnos para poder sacar una tarea asignada y por lo mismo esto enriquece nuestra personalidad, pero aún sigue sin cambiar nuestra identidad.

Sin lugar a dudas, en los años formativos de la vida hemos sido enseñados y orientados para poder comportarnos de modo tal que sabemos quiénes somos y qué debemos hacer sin que otros nos lo pidan, por el simple hecho de que vivimos primeramente con nosotros mismos antes de convivir con los demás. Si esta tarea no fue lograda en los primeros años de nuestra formación, tan pronto como nos damos cuenta de esto iniciamos a definir qué queremos ser y dónde queremos llegar, y para ello estructuramos nuestra vida.

El ser humano en ninguna manera es una casualidad y mucho menos producto de una serie de coincidencias, sino todo lo contrario, nuestra familia, el establecimiento donde fuimos educados, los amigos con los que determinamos relacionarnos y los sueños que en algún momento tuvimos han hecho de nosotros lo que somos.

Lo más triste es cuando en el medio donde nos movemos y cultivamos nuestro espacio nos cruzamos con personas que niegan su identidad, su pertenencia, al extremo de que uno no sabe con quién está tratando y es muy difícil cultivar relaciones a largo plazo, por el simple hecho de que no encuentra el modo de relacionarse para crear el sentido de comunidad.

Claro está que la vida que vivimos es un constante progreso y por lo mismo se da una serie de cambios que nos desafían a avanzar y también a cambiar, nuestra conciencia de quiénes somos y de dónde venimos nunca debería abandonarse. Seguramente nos han educado y limitado el modo de expresar nuestros sentimientos, pero tarde o temprano nos comportamos conforme a la identidad que hemos adquirido.

El reto más grande de esta generación, donde vivimos rodeados por diferentes modos de pensar y hacer las cosas, es aprender cómo armonizar antes de imponernos por lo que somos nosotros. La armonía nos permite vivir proactivamente y así, en la diversidad que nos rodea, nos sentimos no solo útiles, sino buscados por lo que somos y no solamente por lo que sabemos hacer.

En el gran concierto humano en el cual hemos ingresado es importantísimo saber qué podemos hacer y cómo y cuándo hacerlo, para que no solo sea provechoso sino también apreciado.

Es gratificante cuando hacemos algo por lo que somos y a la vez se nos reconoce por el aporte que hemos dado.

samuel.berberian@gmail.com