La era del fauno

Las alianzas artísticas como resistencia

Juan Carlos Lemus @juanlemus9

Muy callados han estado los gremios artísticos. O andan muy en sus cosas los escritores. Por el contrario, estruendosos resultan los que aprovechan la pasividad para imponer su agenda. Puede que haga falta alianzas que reviertan o, por lo menos, muestren abiertamente su resistencia al pacto de los corruptos. No hablo de unidad gremial, lo cual sería imposible. Nunca estaremos unidos como ciudadanos. Aun si fuésemos amigos —ya no digamos si no lo somos— no coincidiríamos en gustos ni necesidades, ni en formas de pensamiento político, religioso, deportivo, literario, ni siquiera en la manera de entretenernos. Es como vivir todos revueltos en una casona que solo tiene un sanitario, una librera, un control de televisión y un patio. Eso sería un infierno. A decir verdad, el país es esa casona. Y en esa casona unos pocos imponen las normas de convivencia, a conveniencia. Hemos permitido que tengan el control, las llaves del comedor, el derecho de patio y el de piso. El Cacif, el ejército, el gobierno de Guatemala se aprovechan del silencio gremial y echan llave.

Los delincuentes de cuello sucio y togado se mezclan, crean coaliciones para flotar entre alcantarillas hacia la meta. Acaban traicionándose, cierto, pero en tanto eso no suceda van regando conflictos para salvarse. Hay que reconocer que además de estructura tienen el dinero, armas, legisladores, medios de comunicación e iglesias. Se valen de todo para que los gremios se mantengan debajo de la cama.

En tanto ellos se juntan el resto se retrae. No soy ingenuo para creer que podríamos unirnos en formas de pensamiento político. Solo opino que valdría la pena que los grupos artísticos se reconcentraran, se manifestaran. Menos egocentrismo y menos victimización. Más ruido y más contundencia. Los artistas no son santos. Entre músicos no se leen las cartas. Los artistas sostienen líos hasta por el uso de las técnicas. Puede que, como dice Murakami, los escritores sean los peores. Hay zancadillas en la danza, oscuridad tras bambalinas que contradice el rostro amable de los actores y las actrices. Y eso que el arte y la literatura son rutas sensibilizadoras que florecen donde, se supone, a más desdicha más identificación gremial. Si tal división ocurre entre los desposeídos, en los que carecen de poder; entre quienes deben parir un escenario, distribuirse unos cuantos quetzales porque a la función acudieron diez personas, o a la exposición de cuadros nadie llegó; si eso ocurre donde podrían darse una mano, refugio, amistad y apoyo, imaginemos qué sucede en relaciones tenebrosas donde el objetivo es meter al bote al cliente del otro, escalar de güizache a procurador, de juez a magistrado, de analfabeta a legislador.

No apelo a la unidad. Digo que los gremios tienen la oportunidad de aliarse. Tampoco hablo de la presencia masiva, sino de echar a andar sus fortalezas desde la docencia, los manifiestos, las expresiones artísticas, porque, ya se sabe, muchas veces su creatividad mana de la soledad, la introspección, la timidez. Tampoco apelo a un arte utilitario ni a los temas de denuncia, sino a la postura humana, pública, del artista que vive bajo un mismo gobierno en desgracia. Tras la alianza gremial puede que surjan liderazgos, convocatorias, algún pronunciamiento, lo que sea, cualquier cosa es mejor que aguantarse frente a los que mal deciden.

Afortunadamente hay asambleas, alianzas en la sociedad civil, de autoridades indígenas y de otros colectivos; pero rezagados han estado los artistas y los escritores, esa fuerza poderosa y rebelde que atesoran los pueblos.