Con otra mirada

Nacimiento, belén, portal o pesebre

José María Magaña Juárez jmmaganajuarez@gmail.com

Al hermano Pedro de San José Betancur debemos un sinfín de parabienes y tradiciones religiosas, cívicas y populares que conocemos poco. Una de las más relevantes, es la del culto al nacimiento de Jesús, representado en esa especie de altar que los guatemaltecos erigimos en casa unos días antes del 25 de diciembre. En Guatemala lo llamamos nacimiento, pero también se le conoce como belén, portal o pesebre.

Esa tradición viene de la Edad Media, cuando para conmemorar la Nochebuena de 1223, Francisco de Asís decidió reproducir la tradición cristiana en una cueva cercana a la ermita de Greccio. En colaboración con Juan de Grecio, comenzó con los preparativos nueve días antes del 25 de diciembre, convocando a todo el pueblo para celebrar una misa en presencia de aquella escenificación.

El belén representa a María, José y Jesús en un pesebre, o según otras tradiciones, en un establo, granero o cueva donde, según el evangelio de Lucas 2,7 nació el Mesías. La presencia del buey y la mula se basa en la tradición cristiana y los evangelios apócrifos, así como en la lectura de Isaías: “Conoce el buey a su dueño y el asno el pesebre de su amo. Israel no conoce, mi pueblo no discierne” (Is.1,3). Esos animales aparecen en un pesebre del siglo IV descubierto en las catacumbas de la Basílica de San Sebastián de Roma, en 1877.

La tradición se popularizó y en 1465, en París, se fundó la primera empresa fabricante de figuras para el belén. Más tarde llegó a Madrid, y en 1471 se creó el primer taller en Alcorcón. Siena, Lisboa y Barcelona fueron las siguientes ciudades en hacer suya esa iniciativa que se popularizó. La calidad de sus figuras es conocida y apetecida en todo el mundo.

José Betancur nació el 16 de marzo de 1626 en un pequeño poblado de Tenerife, llamado Vilaflor y murió el 25 de abril de 1667 en Santiago de Guatemala —hoy Antigua Guatemala—, en donde se consagró como benefactor de los más necesitados.

Desde temprana edad supo de necesidades, y ante la pobreza de sus padres, sin decir nada a nadie, y sin un real en la mano, ofreció sus servicios como mozo, partiendo del puerto de Santa Cruz de Tenerife rumbo a La Habana, donde permaneció dos años y aprendió el oficio de tejedor. En 1651 continuó el viaje hacia Honduras, desembarcando en Trujillo y, obediente al llamado de la tierra del Nuevo Reino de Guatemala, inició el largo camino hacia Santiago. Al llegar, el 18 de febrero de 1651, arrobado por la emoción, se arrodilló y rezó una Salve a la Reina de los Ángeles.

El más contundente testimonio de la introducción de la tradición por los nacimientos en Guatemala quedó reflejado en la hornacina central del templo de las Beatas de Belén, siglo XVIII. Se trata de una celdilla tridimensionalmente polilobular, que genera un micro espacio celeste, absolutamente barroco, rodeado de querubines y estrellas que cobija la escena del nacimiento del Niño Dios. Como es habitual, están presentes sus padres, José y María, acompañados de un ángel, el buey y la mula. Como personaje ajeno al hecho histórico, está la imagen del Hermano Pedro, arrodillado, en posición de adoración.

Con respecto a nuestra tradición, el historiador Luis Luján Muñoz acota: “Debemos hacer la separación entre el nacimiento de tipo culto, en el que el hecho milagroso y la escala buscan más o menos cuidadosamente la realidad, y el nacimiento popular que es el que más gozamos nosotros, en el que ni la escala, ni la verdad histórica son primordiales…”

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