Catalejo

Nunca había visto el asesinato de un colega

Mario Antonio Sandoval

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No recuerdo quién me lo mandó. Pero es un video horrible, enviado a través de las redes sociales, en el cual se recoge el momento del asesinato de un periodista nicaragüense, víctima de la dictatorial represión de Daniel Ortega y de su esposa Rosario Murillo. Se ve cómo Ángel Ganoa, cámara en mano, camina rumbo a donde está un riesgo potencialmente mortal. Como siempre pasa con quien ejerce el periodismo, su actitud es serena, pero en realidad inconsciente. Se oye un disparo. Uno. Seco. Dos segundos después el camarógrafo filma la cara ensangrentada, ya sin vida. Se oyen gritos desesperados. Uno más de las docenas de informadores asesinados por fuerzas del orden enviadas a matar intencionalmente. Ha pasado en Guatemala y el mundo entero.

No es lo mismo enterarse, o verlo en una foto. Esta vez fue a todo color, con movimiento y la sangre del periodista manchando la calle. Al inicio de mi profesión vi muchos cadáveres de periodistas, víctimas todos de la represión pero también de la incomprensión. En la Asociación de Periodistas de Guatemala están en un salón las fotos de varios de ellos, y alguna vez se creó una Plaza del Periodista, en la Avenida de Las Américas, como homenaje, entre otros, a los periodistas asesinados. Aún se mantiene, aunque vandalizada. En la actualidad, el riesgo mayor lo tienen los corresponsales departamentales. Un exdiputado por Suchitepéquez está preso, acusado del asesinato de dos periodistas, uno de ellos —Danilo López— de Prensa Libre.

El periodista tiene en el asesinato, el secuestro, el exilio, los “premios” al ejercicio de su profesión. Y en el caso de los corresponsales de guerra, o de quienes van a lugares de agitación mortal, su presencia en esos lugares es el resultado de una decisión personal, derivada de su modo de ver el periodismo y de su papel personal. Gracias a esos hombres y mujeres valientes, el mundo se entera de cómo es la cosa en realidad, al menos analizada desde una perspectiva distinta a la de los informes oficiales, y en el caso de las confrontaciones internas, de quienes tienen cualquier tipo de mando político, religioso o ideológico. Por eso cuando alguien acusa a un periodista de “estar destruyendo un país”, demuestra no tener idea de qué está diciendo.

Ortega no podrá salir indemne de esta crisis. Había logrado sembrar la idea en algunas personas, incluso dentro de países cercanos, de la posibilidad de coexistencia entre una dictadura y una democracia, así como repetir la actitud de Somoza, quien apoyaba los proyectos privados cuando recibía acciones como regalo voluntario de los inversores. Un periodista no puede estar a favor de tales contubernios, porque aun desde el punto de vista eminentemente empresarial, constituyen un retorcimiento de los principios de la libertad empresarial, una de cuyas condiciones previas consiste en la colocación de límites a fin de evitar el libertinaje.

La construcción de un país tiene numerosas condiciones. Una de ellas es la información, pero también la persistencia en la denuncia, imposible de negar si se presenta en forma de filmación. Es una tarea larga, cotidiana, en la cual deben aceptarse las acciones positivas, pero también los yerros, producto de la acción humana e incluso de malas intenciones. Sin embargo, al final, el resultado es bueno. Nunca conocí al colega Ganoa. Sólo sé de él porque fue asesinado en la línea de fuego. Lo lamento, porque así será el pronto olvido de su nombre. Es una ingratitud de la sociedad. Pero nadie podrá negar su sacrificio máximo, el de la vida, como consecuencia de un gobierno dictatorial. A su viuda y a sus huérfanos, mi solidaridad sentida.