con nombre propio

Olvidándose de don Mariano Gálvez

Alejandro Balsells Conde @Alex_balsells

Conocer la vida de Mariano Gálvez debería ser parte de todos los guatemaltecos; sin embargo, a don Mariano se le ve en los billetes de 20 quetzales, se le nombra porque una de las más grandes universidades del país lleva su nombre y paramos de contar. Si conociéramos más de don Mariano tendríamos más insumos para funcionar de otra forma.

Conocer la vida de los grandes nos obliga a repensar nuestro presente y cómo justo al escribir estas líneas quedo perplejo de conocer que “La Municipalidad de Mixco llevó a cabo la graduación de 30 pastores de la zona 6 de Mixco en el diplomado de administración eclesiástica”. Resulta que Neto Bran, en Mixco, gasta los exiguos recursos del municipio en actividades no solo ilegales —ninguna institución pública puede gastar en actividades de formación religiosa como tal—, sino que en aquel municipio la separación Iglesia y Estado pasa de noche.

Mariano Gálvez fue un hombre que se adelantó a su época. A pesar de haber sido un católico creyente hizo lo posible para lograr la separación entre la Iglesia y el Estado. A don Mariano se le debe la instauración del matrimonio civil y también la ley de divorcio. Esto lo hizo de 1831 a 1834. Al haber aprobado la ley de divorcio, la iglesia Católica, por medio de curas mal intencionados, hizo creer que la epidemia de cólera que afectaba al Estado de Guatemala había sido creada por el propio presidente, quien había envenenado los ríos, y además lo pintó como una amenaza a la familia cristiana. El germen se prendió y luego vino Rafael Carrera, el héroe admirado por algunos a la fecha, quien, con su rebelión conservadora, empezó el régimen de los 30 años y la terminación del sueño centroamericano.

Para que tengamos una idea de lo adelantado del gobierno de Gálvez, en Colombia se permitió el divorcio hasta 1992 y en Chile se institucionalizó hasta el 2004. En las sociedades latinoamericanas, conservadoras por naturaleza, poner en duda los dictados de las iglesias siempre ha sido un reto.

Neto Bran destina dinero, instalaciones, personal y recursos de quién sabe de qué tipo para preparar pastores con especialización en administración eclesiástica y ello se hace en un contexto en que la gente de poder, como buenos fariseos, prohíbe músicas porque le parecen “satánicas”, pero no mueve un dedo para exigir cuentas, por ejemplo, a uno de los vicepresidentes del Congreso, Felipe Alejos, que computa 14 recusaciones en un procedimiento de antejuicio, habiendo roto cualquier récord en las olimpiadas de mala fe, litigio malicioso y cinismo. Así el propio alcalde mixqueño jura en domingo amor eterno al engendro de partido llamado “Todos” para el lunes avalar un gasto ilegal y así, según él, ganar indulgencias.

Si en pleno siglo 21 no tenemos conciencia de la separación que debe existir entre las iglesias y el Estado y permitimos que los más de 300 alcaldes formen personas conforme su particular creencia religiosa, solo sembramos la semilla del desorden y desintegración. El Estado laico es la mejor garantía para el ejercicio de nuestra religión y este es el diseño constitucional. Si creemos en Dios es porque ejercemos nuestra libertad y esa libertad es sagrada.

En el siglo 19 don Mariano Gálvez y tantos otros liberales tenían muy claro que la religión no se confunde con la política y por eso en el siglo 21 debemos ser aún más exigentes, sobre todo cuando cualquier notario puede gestionar iglesias y así obtener una entidad reconocida por el ordenamiento jurídico para estar exenta de impuestos y gastar sin contabilidad. Estos beneficios en manos de políticos es gravísimo y el lavado, delito que es peste en el país, más amenaza.

@Alex_balsells