Pluma invitada
Cómo se hacen realmente los billonarios
Algunos dirán que el primer billonario del mundo es una historia de triunfo tecnológico y una victoria para el capitalismo estadounidense.
Tras la salida a bolsa de SpaceX este mes, la fortuna de Elon Musk ya supera con holgura el billón de dólares. Que el mundo tenga su primer billonario es muy significativo. La riqueza de Musk (que durante el último año creció más de un millón de dólares por minuto) ya es más grande que la de casi cuatro mil millones de personas juntas (el 46% de la población mundial).
La desigualdad de riqueza demanda una respuesta mundial.
En 2017, nuestro equipo en Oxfam predijo que el mundo estaba a 25 años de la aparición de su primer billonario. En 2024 revisamos el cálculo (conservadoramente) a menos de 10 años; nuestra revisión generó un revuelo mediático. Pero la concentración de riqueza se ha producido con un ritmo que nos sorprendió a todos, y nos hace dudar de que la democracia pueda sobrevivir con semejante grado de desigualdad.
Algunos dirán que el primer billonario del mundo es una historia de triunfo tecnológico y una victoria para el capitalismo estadounidense. Por supuesto que los potentes cohetes espaciales reutilizables son impresionantes, y las empresas de Musk hicieron aportes enormes en los ámbitos de la provisión satelital de internet y los vehículos eléctricos. Pero la narrativa de que quienes invierten en SpaceX solo están recompensando hazañas de la ingeniería es una ficción. Los mercados no están apostando a una tecnología de vanguardia, ni siquiera a una empresa “demasiado grande para quebrar”, sino más bien a la idea de un megamonopolista con riqueza e influencia tan vastas que el gobierno estadounidense no permitirá que fracase.
Reconocer de qué manera la posición de Musk está unida en modo indisoluble al respaldo gubernamental es fundamental para comprender y corregir la desigualdad de riqueza, y no solo en los EE. UU. Hasta cierto punto, es un subproducto de la agenda económica de un presidente estadounidense multimillonario. La “ley grande y hermosa” (2025) de Donald Trump fue la mayor transferencia de riqueza de la clase trabajadora a los ultrarricos en la historia reciente. Salvaguardas contra el abuso corporativo, como la Oficina para la Protección Financiera del Consumidor, hoy están en situación crítica.
Durante su actuación anterior como director del Departamento de Eficiencia Gubernamental bajo Trump, Musk desmanteló organismos públicos y recortó ayudas a los más pobres del mundo (hecho que puede provocar unas 700 mil muertes al año de aquí a 2030). En tanto, el gobierno estadounidense reforzó la posición de Musk: adjudicó nuevos contratos a sus empresas, paralizó investigaciones que las afectaban y flexibilizó regulaciones que las limitaban.
El resultado es una peligrosa superposición entre lo público y lo privado, donde el Estado funciona con hardware y datos provistos por las empresas de Musk. Basta pensar en lo vital que se ha vuelto Starlink para la conexión del gobierno estadounidense con el sistema de comunicación en órbita terrestre baja. La dependencia de las fuerzas armadas y del complejo espacial estadounidense respecto del imperio de Musk implica un importante grado de influencia sobre el Estado.
Pero esa dependencia no se creó de un día para el otro. Aunque el poder de Musk haya hecho cumbre durante la presidencia de Trump, se forjó a lo largo de décadas. Un billonario es una creación bipartidaria. Musk tuvo acceso a subsidios públicos para conseguir dominio del mercado, y sus empresas recibieron unos US$38 mil millones de varios gobiernos estadounidenses. Por ejemplo, Barack Obama ayudó a crear el apreciable “monopolio espacial” de Musk. Tesla y SpaceX nacieron y perduraron gracias al apoyo de los gobiernos federal y de los estados. Los contribuyentes estadounidenses asumieron el riesgo, pero no recibieron participación en el capital y en los beneficios ni garantías de asequibilidad.
Hace casi un siglo, el juez supremo estadounidense Louis D. Brandeis advirtió de que Estados Unidos debía elegir entre la concentración extrema de la riqueza y la democracia. Su advertencia hoy es más relevante y apremiante que nunca, y Musk es la prueba de ello.
© Project Syndicate, 2026