Pluma invitada

El arte de preguntar

La religión es, en su núcleo más hondo, preguntarle a Dios para vincularnos con Él.

El evangelio de Lucas narra una escena desconcertante. Tras la peregrinación anual a Jerusalén, José y María descubren que Jesús no regresa con ellos. Después de tres días de búsqueda, lo encuentran en el Templo, “sentado en medio de los maestros, escuchándolos y preguntándoles” (Lc 2,46). El detalle es significativo: Jesús no aparece enseñando ni corrigiendo, sino escuchando e interrogando.

La verdad no se impone; se busca.

Este rasgo plantea una cuestión de fondo: ¿qué lugar ocupa la pregunta en el conocimiento humano? Y, más aún, ¿por qué quien será reconocido como maestro con autoridad comienza no afirmando, sino preguntando?

En el lenguaje común, la pregunta suele asociarse con la ignorancia: pregunta quien no sabe; responde quien domina el tema. Sin embargo, esta oposición es superficial. Desde una perspectiva filosófica, toda pregunta auténtica presupone un saber previo, aunque sea incompleto. Solo quien ya tiene una cierta idea puede formular una pregunta pertinente. La pregunta no nace del vacío, sino del encuentro con algo que resiste, que no se deja comprender del todo.

Preguntar no es renunciar a la razón, sino ponerla en movimiento. Es el gesto mediante el cual la inteligencia reconoce sus límites sin resignarse a ellos. Por eso, más que afirmar que “no hay preguntas tontas”, habría que sostener algo más exigente: hay preguntas bien o mal formuladas, profundas o triviales, fecundas o estériles. Aprender a preguntar es ya aprender a pensar.

El relato lucano subraya un gesto previo a la pregunta: Jesús escucha. Antes de interrogar, se sitúa en actitud receptiva. Esto apunta a una verdad fundamental: no hay conocimiento sin apertura a la realidad. Escuchar no es un acto pasivo. Exige silencio, atención y disposición a dejarse afectar por lo que no coincide con las propias expectativas. En una cultura saturada de discursos y opiniones, escuchar se ha vuelto difícil porque implica una renuncia: la renuncia al protagonismo inmediato.

Desde esta perspectiva, la pregunta auténtica no es una técnica retórica ni una estrategia dialéctica, sino el fruto de una escucha previa de la realidad, de los otros y de la propia experiencia.

Todo conocimiento pende de alguna pregunta. La ciencia interroga a la naturaleza sobre sus regularidades; la historia pregunta al pasado por el origen del presente; la ética interroga a la razón sobre lo que debe hacerse; la filosofía pregunta por el sentido. El arte pregunta a la experiencia por su expresión; las humanidades, a los sabios, en busca de un saber integrador. La religión es, en su núcleo más hondo, preguntarle a Dios para vincularnos con Él.

Pensar exige distinguir los tipos de preguntas y reconocer sus límites. Sin embargo, todas comparten algo esencial: la pregunta abre un espacio, crea una distancia crítica respecto de lo dado y hace posible un conocimiento nuevo. Allí donde no hay preguntas, solo hay repetición.

Esta comprensión encuentra una expresión paradigmática en Sócrates. En la Apología, el filósofo ateniense confiesa que lo que más le atrae del más allá no es el descanso, sino la posibilidad de seguir dialogando y preguntando a los grandes del pasado. Su vida filosófica se define por una convicción radical: una vida sin examen no merece ser vivida. Preguntar a Minos, Aquiles, a Odiseo o a Hesíodo y Homero sería, dice, el colmo de la felicidad, con una ventaja adicional: allí no se condena a muerte por hacer preguntas (Apol. 41b–c).

La afinidad entre el gesto de Jesús en el Templo y la actitud socrática no está en el contenido, sino en la forma: la verdad no se impone; se busca. En ambos casos, la pregunta no debilita la autoridad del maestro, sino que revela su hondura.

Desde Jerusalén hasta Atenas, la pregunta aparece como uno de los gestos más propiamente humanos. No porque tengamos todas las respuestas, sino porque sabemos que no las tenemos. Preguntar es reconocer el límite sin absolutizarlo. Tal vez por eso la pregunta no sea solo un acto humano, sino también un gesto que nos abre a lo trascendente. A Dios no se le interroga para exigir explicaciones, sino se le dirige la pregunta como quien reconoce que el sentido último se recibe como un regalo.

ESCRITO POR:

Fernando Armas Faris

Sacerdote y doctor en Filosofía