Pluma invitada

El cuidado del sueño para llegar a Dios

Ningún ser humano puede mantenerse indefinidamente en estado de vigilia.

En una cultura que absolutiza la productividad y mide el valor de la existencia por su rendimiento, el sueño aparece con frecuencia como una interrupción molesta: un tiempo improductivo que convendría reducir al mínimo. Sin embargo, esta experiencia cotidiana, universal e inevitable encierra una pregunta filosófica de primer orden: ¿qué dice de nuestra condición el hecho de que debamos suspender regularmente nuestra conciencia, nuestra voluntad y nuestro control sobre el mundo para poder seguir existiendo?

Dormir es reconocer, aunque sea de modo implícito, que no somos el fundamento último de nuestra propia existencia.

El filósofo Leonardo Polo solía decir: “Yo me explico lo que es el descanso del sueño porque Dios existe; si no existiera, ese tiempo carecería de sentido y nos veríamos tentados a reducirlo a su mínima expresión, puesto que esta vida tiene los días contados”. La observación, más que una demostración, apunta a una intuición decisiva: el sueño introduce una grieta en toda pretensión de autosuficiencia radical.

Dormir no es simplemente cesar una actividad. Es, más bien, aceptar un límite. Ningún ser humano puede mantenerse indefinidamente en estado de vigilia ni gobernar de modo absoluto su propio funcionamiento vital. Incluso la razón —ese rasgo que solemos identificar como lo más propio del ser humano— debe retirarse periódicamente. El sueño se impone como una necesidad que no controlamos del todo: podemos preparar sus condiciones, favorecer su llegada, pero no producirlo por un acto directo de la voluntad. En ese sentido, dormir es una experiencia paradójica: activa en su preparación, pasiva en su realización.

Desde un punto de vista filosófico, esta pasividad no es trivial. Revela que el ser humano no es autosuficiente. La vida continúa —y se reconstituye— precisamente cuando el yo se retira. El mundo no desaparece cuando dejamos de percibirlo, ni nuestra identidad se disuelve cuando la conciencia se suspende. Al despertar, nos reencontramos con una realidad que no hemos producido ni conservado por nosotros mismos, como si nos fuera devuelta.

No deja de ser un misterio el poder “apagarnos” sin la certeza absoluta de volver a “encendernos”. Tal vez por eso a los niños les da seguridad conciliar el sueño acompañados, aunque el acto mismo de dormir sea siempre radicalmente solitario. Y acaso no sea casual que, cuando se quiebra la confianza fundamental en la vida —y, en último término, en Dios- una de las primeras dimensiones que se resiente sea el sueño—. El insomnio, la ansiedad nocturna y la dependencia de somníferos parecen delatar una dificultad más profunda para abandonarse.

En esta experiencia tan cotidiana como universal late un enigma decisivo: vivimos sostenidos por algo que no controlamos. Dormir es reconocer, aunque sea de modo implícito, que no somos el fundamento último de nuestra propia existencia. Y despertar es constatar, una vez más, que seguimos siendo, que la realidad nos ha sido conservada sin nuestra intervención.

Es frecuente que adoptemos durante el sueño la posición fetal, semejante a la que tuvimos en el seno materno. El descanso aparece entonces como un retorno a las fuentes: al origen de la vida, de la fuerza y de la inspiración; un templarse de nuevo. El repliegue de la noche tiene este significado profundo: una restauración de la vida orgánica y también, en cierto modo, de la vida interior, mediante una tregua feliz hecha de silencio, recogimiento y sueño. (Sertillanges 1969) Nos dormimos acurrucados, confiados en que al día siguiente volveremos a ver la luz, como en aquel primer amanecer de nuestra existencia.

Las grandes tradiciones religiosas han visto en el sueño una imagen anticipada de la muerte y en el despertar un símbolo de la resurrección. Para Polo, “el Cielo es el despertar definitivo”. Dormir nos recuerda que estamos todavía “medio dormidos” en esta vida y que solo al encontrarnos plenamente con Dios alcanzaremos la vigilia total.

Cada noche nos abandonamos; cada mañana somos devueltos. Dormir es confiar; despertar, recibir. Y en ese ir y venir cotidiano se insinúa un mensaje silencioso pero persistente: no nos sostenemos a nosotros mismos, pero somos sostenidos. A quien lo vela un amor puede, verdaderamente, dormir con tranquilidad.

ESCRITO POR:

Fernando Armas Faris

Sacerdote y doctor en Filosofía