pluma invitada
El narcisista de al lado
El mundo moderno confunde carisma con seguridad.
Muchos aprendimos a reconocer a los villanos en la tele; lo extraño es que, de adultos, parece que ya no sabemos hacerlo. Cuando éramos niños, veíamos historias donde los personajes eran fáciles de entender. El héroe era valiente y amable. El personaje problemático quería llamar la atención todo el tiempo. Y el villano manipulaba a los demás para conseguir lo que quería.
Trump, Giammattei y compañía encajan en el llamado “narcisismo maligno”.
Quizá esas historias eran una forma sencilla de explicar algo que en la vida real parece mucho más confuso. Los psicólogos dicen que el narcisismo no es solo un tipo de persona, sino una escala. En un extremo está la “confianza saludable”, que es normal; en el otro, la manipulación y el daño a los demás.
Pensemos en Mickey Mouse. A Mickey le gusta participar en la aventura y liderar a sus amigos. Disfruta cuando reconocen lo que hace. Pero también se preocupa por ellos. No necesita hacer sentir mal a otros para sentirse importante. Este tipo de confianza ayuda a las personas a tomar la iniciativa, perseguir metas y asumir responsabilidades.
Más adelante en la escala encontramos el “narcisismo clásico”, como el Pato Lucas. Lucas quiere ser siempre el centro de atención. Interrumpe, exagera, compite con todos. Parece muy seguro, pero en realidad depende de la aprobación de los demás. Personas así buscan admiración porque se sienten inseguras por dentro. Pueden ser irritantes o causar conflictos, pero normalmente no quieren hacer daño.
El problema aparece cuando la búsqueda de atención se convierte en manipulación. En ese punto, algunos psicólogos hablan de “narcisismo maligno”. Personajes como Loki o Scar ilustran bien esa etapa. Son encantadores cuando les conviene, observan a los demás y usan lo que aprenden para conseguir poder o control. La diferencia está en que dejan de ver a las personas como compañeros y empiezan a verlas como peones. Lo más engañoso es que al principio suelen parecer muy atractivos o carismáticos. Se muestran seguros, simpáticos y convincentes. Parecen entender bien las emociones de los demás, lo que genera confianza. Por eso, la manipulación muchas veces pasa desapercibida al inicio.
Esto ayuda a explicar algo de nuestro momento cultural. Hoy el mundo recompensa la visibilidad y la seguridad. Las redes sociales, el entretenimiento y muchos entornos competitivos premian a quienes llaman la atención. Con frecuencia confundimos la seguridad extrema con liderazgo.
Algunos psicólogos incluso han discutido si ciertos líderes políticos modernos, como Donald Trump, muestran rasgos asociados con el narcisismo maligno. Cuando personas así acumulan poder, el ambiente cambia rápidamente. La lealtad empieza a valer más que la verdad. Los halagos se recompensan y las críticas se castigan. Con el tiempo, una organización, una empresa o incluso un pueblo puede terminar girando alrededor del ego de una sola persona.
Nada de esto significa que la confianza sea algo malo. La ambición y la autoestima pueden impulsar la creatividad y el liderazgo. El problema aparece cuando la confianza deja de ser una fuerza para construir y se convierte en una herramienta para dominar.
Durante años, las historias nos enseñaron a reconocer a los villanos en películas y dibujos animados. Sabíamos identificar cuándo un personaje usaba su encanto para esconder malas intenciones. Pero en la vida real parece que hemos olvidado esa lección. Si en las historias podemos reconocer al villano tan fácilmente, ¿por qué nos cuesta tanto verlo en la vida real? Tal vez porque los villanos reales casi nunca parecen malvados al principio. A menudo son, precisamente, las personas más magnéticas del grupo.