Pluma invitada
Guatemala en el umbral: el grado de inversión que nos podríamos merecer
Hay muchos factores a nuestro favor.
Como empresario guatemalteco que tiene la oportunidad de hablar del país en diversos espacios de inversionistas, me hago frecuentemente esta pregunta: ¿cuándo dejará de ser necesario explicar por qué Guatemala merece confianza?
Lo que nos frena no es el déficit fiscal ni el nivel de deuda. Es la debilidad institucional.
Hay muchos factores a nuestro favor: la estabilidad del tipo de cambio por más de una década, las remesas que el año pasado rompieron récords y un crecimiento del PIB que cerró 2025 en 4.1% y apunta a mantenerse. Guatemala genera casi 36 centavos de cada nuevo dólar producido en Centroamérica. Somos la economía más grande de la región y, sin embargo, las calificadoras internacionales nos mantienen en BB+: un escalón por debajo del grado de inversión. Es el lenguaje frío de los mercados diciéndonos que todavía somos riesgosos.
¿Por qué?
Me parece que la respuesta no está solo en nuestros números macroeconómicos. Está en algo más difícil de medir, pero no imposible de cambiar: la confianza en que las reglas del juego se respetarán. Los analistas son claros. Lo que nos frena no es el déficit fiscal ni el nivel de deuda. Es la debilidad institucional, la ejecución insuficiente de leyes que ya existen, y la incertidumbre sobre si los procesos políticos clave de este año derivarán en reglas más predecibles o en más de lo mismo.
No voy a caer en el error de criticar al gobierno o señalar a algún villano externo, porque en mi opinión, eso es victimizarse. Me interesa más plantear una interrogante más profunda: ¿qué parte de esa desconfianza la hemos construido nosotros mismos?
Desde joven aprendí que la reputación no se negocia. Se construye decisión por decisión, contrato por contrato, cómo tratas a tus empleados y proveedores cuando nadie te ve. Y lo mismo aplica a las naciones. El grado de inversión no es un regalo que otorgan las calificadoras como Fitch o Standard & Poor’s; es el reflejo de miles de decisiones cotidianas: si las empresas operan en la formalidad, si los contratos públicos se adjudican con criterios técnicos y si las disputas se arreglan de forma eficiente.
La informalidad en Guatemala ronda el 70%. Eso no es solo un dato económico; es una señal de desconfianza masiva en las instituciones que llega a los mercados internacionales mucho antes que cualquier presentación de PowerPoint.
Aquí está la paradoja: somos un país con una capacidad empresarial enorme —creativa, resiliente, acostumbrada a construir con poco— que no termina de confiar en su propio potencial. Tenemos emprendedores que compiten con calidad mundial, pero que siguen pensando que las reglas son para otros.
La libertad de emprender es real en Guatemala. Pero la libertad sin responsabilidad no construye reputación. Y sin reputación, no hay grado de inversión que valga.
Lo que nos falta no es solo macroeconómico. Es también microeconómico, en el mejor sentido de la palabra: son las decisiones que toma cada empresario, cada profesional, cada ciudadano que interactúa con el sistema. Exigir transparencia en los procesos, no solo cuando nos conviene. Contratar con criterios de mérito. Construir empresas que duren más de una generación.
El grado de inversión no lo consigue el Ministerio de Finanzas solo. Lo consigue una sociedad que decide colectivamente, a través de millones de actos individuales, que quiere ser tomada en serio.
Guatemala está a un escalón. Un escalón que equivale, en términos prácticos, a tasas de interés más bajas para las empresas guatemaltecas que buscan financiarse en mercados internacionales, más inversión extranjera directa, más empleos de calidad, más oportunidades para esa generación joven que hoy sigue emigrando porque no encuentra aquí lo que busca.
No sé cuándo nos van a dar el grado de inversión, pero sí creo que, independientemente de eso, debemos empezar por decidir que lo merecemos y actuar en consecuencia.