Familias en paz

Honrar en tiempos modernos

A todas las mujeres que tienen el privilegio de ser madres, hoy las honro con estas pequeñas líneas. 

Hablar del amor de una madre es hablar de la forma más humana posible de comprender el amor y la compasión del amor divino. Su valor e impacto para la vida de sus hijos es incalculable; no solamente es el medio por el cual venimos al mundo, sino la primera expresión de amor que moldea nuestro carácter y también nuestra fe. Su labor encarna el principio de amar al prójimo de manera constante, en su capacidad de entrega desinteresada en el cuidado de los hijos, incluso en situaciones de agotamiento o dificultad.

La cultura actual prioriza el bienestar individual.

Cuando una madre ejerce su rol con amor y compasión, refleja el consuelo y protección de Dios hacia todos los seres humanos. El profeta Isaías declara: “Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo a vosotros”. De manera que podemos comprender mejor a Dios mediante la experiencia de haber recibido el amor de una madre.

Esto crea un vínculo inquebrantable que nos acompaña durante toda nuestra vida. Se convierte en una influencia poderosa en la formación de nuestro carácter y valores, pues es ella quien, mediante su instrucción, siembra la semilla de integridad, empatía y amor a Dios. Es decir, de ella recibimos el cimiento emocional, espiritual y sentido de pertenencia. Por eso, el sabio Salomón en sus proverbios nos aconseja no despreciar las enseñanzas, dejando implícito que cuando las tomamos en cuenta, puede ser el faro que nos guíe a tomar decisiones correctas. Su impacto trasciende a las generaciones; una madre o abuela pueden ser el puente para transmitir valores de una generación a otra. Un ejemplo bíblico lo encontramos en el joven Timoteo, líder de la iglesia de Éfeso, cuya influencia de ambas mujeres en su vida determinó su carácter y destino. Todos los seres humanos, en nuestro rol de hijos, somos llamados a reconocer activamente el valor de nuestra madre. El mandato bíblico de

honrar a padre y madre es el único con una promesa de bendición para quien lo cumpla. En la práctica significa reconocer su valor y dignidad a través de acciones concretas, no solo de palabras o de gestos simbólicos un día al año, sino a través del respeto, el cuidado y gratitud de forma permanente; implica sostenerla en la vejez, en sus necesidades no solamente domésticas o económicas, sino también emocionales, tratándolas con amor y dignidad.

Esto es fundamental comprenderlo y practicarlo, porque vivimos en una cultura de descarte, donde el cuidado de una madre se ha desvirtuado: ha pasado de ser un acto de amor y gratitud a ser una carga u obligación impuesta. Hoy en día los ancianos mueren en soledad en los asilos, convirtiendo el cuidado amoroso en una transacción económica o algo peor, viven junto a su familia, pero como una carga no deseada, donde los hijos discuten a quién le corresponde cuidarla. La cultura actual prioriza el bienestar individual a costa de fragmentar los lazos familiares. Esto causa grietas emocionales en los individuos con un costo social alto.

Honrar a una madre es un ciclo virtuoso de gratitud; a quien nos dio la vida y nos brindó cuidado de amor en nuestros momentos de mayor fragilidad, ahora la valoramos y cuidamos con el mismo amor y ayuda desinteresada. Como hijos no estamos llamados a juzgar los errores de nuestros padres. El mandamiento de  honrarlos no es condicional; no nos compete determinar si merecen o no nuestra honra porque creemos que fueron buenos o malos padres, si estuvieron presentes o ausentes. El mandato es honrarlos de forma incondicional.  Ahí radica la bendición a nuestra vida, no una bendición en términos materiales como muchos hoy en día lo anhelan, sino en la paz de haber hecho lo correcto delante de Dios.

A todas las mujeres que tienen el privilegio de ser madres, hoy las honro con estas pequeñas líneas.  Sean ustedes benditas (¡Dedicado a mi madre, que en paz descanse; a mi esposa, y a mi suegra!).

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