Pluma invitada
La pelota sí se mancha en 2026
El deporte pierde cuando se le da prioridad a la política.
Cada vez que se anuncia el país donde se jugará la Copa del Mundo, pasa que los dirigentes hablan muy sonrientes de unión mundial y de que el futbol no tiene nada que ver con la política global. Suena bonito, pero no es del todo cierto. Elegir un país para organizar el Mundial nunca es una decisión neutral. Le da prestigio y una buena imagen internacional al país anfitrión. Por eso, la pregunta clave no es si un país puede organizar un Mundial, sino si debería hacerlo. Durante años, esta forma de pensar se ha usado para criticar a países como Rusia o Catar. Pero, cuando se habla de Estados Unidos, la actitud cambia.
EE. UU. usa el futbol para maquillar sus contradicciones más profundas.
Para muchos, el Mundial USA ’94 nos evoca la imagen de estadios llenos de entusiasmo y un futbol presentado como celebración cultural. Fue un torneo recordado más por su ambiente que por controversias políticas, en un momento en que Estados Unidos aún podía proyectarse como un país abierto al mundo. Tres décadas después, ese recuerdo contrasta con una realidad mucho más tensa y dividida. En el Congreso de la Fifa de 2018, Juan Carlos Plata, como representante de Guatemala, dijo haber votado por Estados Unidos para ser sede para que más guatemaltecos pudieran asistir al Mundial, una explicación que hoy resulta absurda.
Aunque Estados Unidos cuenta con elecciones y un sistema legal robusto, muchos expertos dicen que en la práctica su democracia se está debilitando. Algunas decisiones del Gobierno hacen que las reglas democráticas existan en teoría, pero no siempre funcionen como deberían. En el ámbito internacional, Estados Unidos muchas veces actúa usando su poder militar sin respetar las leyes internacionales. Ha realizado acciones de guerra sin aprobación legal y detenciones de personas fuera de su territorio. Esto va en contra de los valores de justicia y respeto que el deporte mundial dice defender.
Dentro de sus fronteras, la situación tampoco es positiva. El trato a los inmigrantes es un ejemplo claro de violaciones a los derechos humanos. Muchas personas son detenidas, familias son separadas y los centros donde se encierra a migrantes tienen malas condiciones. Además, existen problemas graves de discriminación contra personas por su raza o situación social. Esto se nota en la violencia policial y en las grandes desigualdades que separan a ricos y pobres, además del racismo persistente.
Incluso se están limitando algunas libertades. En varias partes del país se han prohibido libros en escuelas y bibliotecas, especialmente los que abordan temas como racismo o identidad de género. Cuando un gobierno decide qué ideas pueden leerse y cuáles no, eso es peligroso para una sociedad libre. Algunas personas dicen que los grandes eventos deportivos pueden ayudar a que un país mejore. Pero Estados Unidos no es un país cerrado que necesite cambiar gracias al futbol. El peligro es que el Mundial solo sirva para mostrar una imagen positiva del país, sin reconocer ni cuestionar sus problemas.
Permitir que Estados Unidos organice la Copa del Mundo envía un mensaje confuso. Si el futbol dice defender la igualdad y el respeto, apoyar a un país que no siempre cumple esos valores debilita ese mensaje. La Fifa lo sabe, pero aun así acepta porque Estados Unidos tiene mucho poder y dinero. Con todo esto, el futbol es el que pierde credibilidad.
No es la primera vez que el deporte se usa para mejorar la imagen de gobiernos con problemas, y la historia ya ha mostrado que eso puede ser un error. Ignorar esas lecciones no es un accidente; es una decisión. Y esta decisión muestra que la Copa del Mundo no es solo un juego; también es política.